Nota de la autora
Advertencia
Este fic maneja un poco el Seinen ai (No,
no estoy tan corrompida como para llegar al Yaoi... ja, ja, ni yo me la creo),
por lo que puede resultar ofensivo para algunas personas...
Aclaraciones
–
Tanto el Shonen ai Amor entre chicos )
como el Seinen ai (Amor entre hombres jóvenes) tratan de relaciones
homosexuales [aunque no estoy segura si será válido en este caso, ya que Yue no
es hombre ni mujer], desde un punto de vista romántico (inclusive a veces un
poco sensual) o desapercibida (muy extraño pero cierto) hasta un tierno beso.
–
El Yaoi es un tanto más fuerte: abarca las caricias, los besos, los
pensamientos prohibidos de los personajes [lo malo de esto es que muchos
autores (hispanohablantes o no) caen en la vulgaridad... espero sinceramente no
sea mi caso U_U] hasta las relaciones sexuales.
–
Bueno creí que sería apropiado dar una pequeña idea de la manera como tomo
estos términos, para así sepan más o menos lo que les espera dentro del fic...
Ah! Cierto, cuando digo "el mago" o "el hechicero" me refiero
sólo a Clow.
***
"Tomé prestado la Luna ("el sol") para
iluminar tu rostro. Con el mar bañé tu cuerpo de misterios. Gracias al viento
alenté en ti el aire. Esculpí tu sonrisa con un par de relámpagos. ¡Robé a Dios
el poder sobre La Vida y La Muerte para crearte!"
Castillo
Oscar.
La
Época comprendida entre 1638 y 1648 durante el siglo XVII fue de gran
inestabilidad y guerras (sobre todo políticas) en toda Europa. Pero Francia e
Inglaterra fueron dos de los lugares donde más se resintió. Francia, en esos
momentos bajo el gobierno del cardenal Mazarino, sucesor de Juan du Plessis
(cardenal de Richelieu) , enfrentaba a sus "silenciosos" protestantes, pues gran parte de la población
quería ver muerto al cardenal y que Luis XIV tomará el poder, además de
enfrentar una posible guerra con España; fue entonces cuando decidieron pedirle
ayuda a Inglaterra. Sin embargo la situación de la Gran Bretaña no era mejor: la
rebelión de Cromwell puso a temblar el trono de Carlos I, lo cual fue a parar a
la Guerra Civil en 1642. Pero estos no eran sus únicos problemas: debido a la
inestabilidad política del trono, la superstición y el miedo fue creciendo y se
liberó en las terribles "Cacerías de
Brujas"... Y es aquí donde empieza esta historia.
Las
brujas o hechiceros eran humanos malditos, corrompidos por Satanás o que tenían
pactos con él. Se mezclaban con la gente normal, por lo que era muy difícil
reconocerlos, pero generalmente actuaban de forma diferente a los demás y eran
acompañados por animales de negro pelaje. Por fuerza tenían que ser viejos y
feos, de rostros arrugados y largas narices, aunque había veces en las que
tomaban la apariencia de mujeres o hombres jóvenes e inclusive atractivos, por
lo que la belleza física era motivo de sospechas. Las brujas durante la noche
debían usar viejas y polvorientas ropas color negro, volar sobre una escoba y
siempre atentar contra la vida de los niños; los hechiceros o magos eran menos
comunes, pero sí existían, debían traer largas túnicas negras y sombreros
puntiagudos... O por lo menos esas eran las creencias populares.
Mientras
que en el resto de Europa a los acusados de brujas (os) eran sometidos a
diversas torturas y después quemados en la hoguera, en Inglaterra (donde no
estaba permitido el maltrato) eran llevadas ante un tribunal y juzgados, a los
culpables los ahorcaban... Pero antes tenían que hacerlos confesar que sí eran
brujas (os) y para ello eran sometidas a terribles interrogatorios donde la
presión psicología y las privaciones de comida, agua y sol les hacían confesar,
aunque fuera mentira... Poco tiempo después se dio a conocer un método mucho
más rápido: amarraban las manos y los pies a las acusadas y las arrojaban a un
lago, si salían a flote eran culpables, pues estaban recibiendo ayuda de
Satanás o eran demasiado malvadas y el agua las arrojaba fuera de sus
profundidades; si la mujer no salía a flote era inocente, pero ya era demasiado
tarde porque tendría que ahogarse. Este método fue impuesto por el más célebre
cazador de bujas: Matthew Hopkins.
Claro
está que sí había brujas y hechiceros pero jamás llevaron a la horca a alguno
de ellos; eran demasiado astutos como para dejarse atrapar. Además, su
apariencia y tipo de magia no correspondía a las ideas que los aldeanos de los
pueblos tenían. Cada brujo en general vestía raro (según su rango, lugar de
procedencia o Clan al que pertenecían) y usando un tipo de magia diferente:
negra, blanca, astral o espiritual. La magia negra era la más común, no por
malvada sino por ser de ataque; era responsabilidad de cada practicante hacia
qué camino dirigirla (el bien o el mal).
El
más grande hechicero de la historia, que utilizaba todo tipo de magia, además
de Occidental y Oriental, fue Clow Read Li, descendiente del Clan Li (temidos
por el potencial de sus miembros y la antigüedad de sus conjuros). Se
encontraba en esos momentos en su tierra natal, Inglaterra, y el destino le
llevó a quedarse en Anglia del Este, mismo lugar donde estaba M. Hopkins...
Apenas
salió el sol él ya estaba levantado; la verdad no tenía muchas ganas pero le
prometió a Ella visitarla. Comenzó a vestirse conforme a la época, mientras
meditaba un poco; ya había pasado casi un mes desde que regresó a Inglaterra. Creyó
que al volver a Anglia del Este encontraría un poco de paz y algo que llenara
aquel extraño vacío, pero se equivocó. Había veces en las que odiaba ser tan
diferente a la gente normal, porque ser diferente implica estar solo, y ya
estaba harto de su soledad.
Frunció
el ceño al mirarse al espejo. Aquel sombrero negro con la hebilla dorada de un
cinto no le gustaba, así que le dejó sobre la cama; recogió sus cabellos en una
coleta (los llevaba un poco más abajo de los hombros; al ser lacios no le daban
problemas) dio una última checada a su figura en el espejo, sonrió, tomó sus
lentes y salió de la casa.
Cualquiera
que lo hubiera visto caminar por aquellas calles sin pavimentar habría visto a
un hombre fresco, vivo, encantador y divertido; quien lo tratara se encontraría
frente a alguien que constantemente estaba en el centro de atención, pero
suficientemente equilibrado para que no se le subiera a la cabeza; pero aquel
que hablara con él y que (sobretodo) lo escuchara se daría cuenta de que era muy
humano, con dudas y temores, y que se sentía terriblemente solo y perdido...
como todos los demás...
Detuvo
su caminar frente a una gran casa, con paso lento se acercó y tocó la puerta.
Momentos después esta se abrió y se asomó una rechoncha mujer de avanzada edad
y piel negra, quien al ver a su visitante suspiró aliviada y le sonrió.
_Sr.
Read, pase por favor, le está esperando la señorita West.
El
hombre le regresó la sonrisa al mismo tiempo que asintió. La señora abrió la
puerta y le invitó a pasar. Le condujo hacia una habitación en el segundo piso;
era como una pequeña sala de estar. Después la mujer tocó la puerta de la
izquierda.
_
Miss Anne, el joven Read Clow está aquí.
_Hazle
pasar_ fue la respuesta casi inmediata de una jovial voz.
Una
vez dentro Clow cerró la puerta. Dentro estaban dos mujeres; la una sentada en
el suelo con un libro en las manos y la otra se encontraba sobre una silla
mecedora. La primera, la más joven (de 17 años apenas cumplidos) se incorporó
dejando en una pequeña mesita frente a la mecedora su libro. Miró a Clow con
extrema alegría, el hechicero la saludo cortésmente un tanto sorprendido; la
chica estaba bellamente maquillada, sus cabellos rubios estaban sujetados de
tal forma que caían por su espalda desnuda en forma de cascada. Traía puesto un
vestido escotado con encajes blancos, de seda verde.
_
Mi querida Anne West, ¿Por qué tan elegante?_ dijo el hombre al momento de
besar la mano envuelta en un guante de la dama.
_¿Lo
cree de verdad Sr. Read?_ contestó ella con un leve sonrojo_... Me han invitado
unos parientes de mi madre a una fiesta en Londres.
_
¡Ah!, la capital. Sin embargo hará por lo menos 3 horas en llegar…
_
Lo sé, por eso pienso salir cuanto antes... me preguntaba si usted... _terminó en voz baja mirando por unos
segundos hacia atrás, a su compañera de cuarto.
_No
se preocupe_ agregó el mago adivinando sus pensamientos_ He venido precisamente
a cuidarla. Y por favor no me hable de usted, sólo dígame Clow.
La
otra mujer estaba sentada en una silla mecedora frente a un ventanal; aquella
era a la que el hombre venía a ver. Se llamaba Rebecca West. Era mayor que Anne
por 6 años, pero una extraña enfermedad le hacía parecer mucho más grande; sus
cabellos antes rubios ahora eran entre blancos y plateados. Había adelgazado en
sobremanera hasta quedar casi en los huesos pero a pesar de esto todavía
conservaba su rostro de querubín. Sus ojos eran tan distantes y de un color
indefinido (a veces grises, violentas o azules). Rebecca inspiraba una gran
ternura a Clow.
_
¿Cómo has estado?_ le preguntó; sabía que no obtendría respuesta: su enfermedad
era algo parecido al autismo.
_"Luna"
se encuentra bien...
Clow
volteó a verla, pues la chica habló un poco golpeado, como si escupiera las
palabras.
_Luna...
_ regresó la vista a la mujer. Ella era conocida en el pueblo como
"Luna" por su aspecto y peculiar belleza.
Aquel
día lo pasaría con Rebecca.
***
Por
primera vez en tres semanas bostezó a sus anchas. Había estaba trabajando día y
noche; matar brujas no era tarea fácil. En especial cuando él mismo tenía que
preparar la evidencia en contra de sus acusados, para que el juez les declarará
culpable. ¿Y qué esperaban? Las acusadas de brujas normalmente tenían enemigos
en la comunidad y eran denunciados por estos. Aquella era una forma rápida y
cómoda, pero algo cara, para deshacerse de las personas indeseables... Cierto
que había quienes no merecían morir de esa forma tan vulgar, pero después de
todo ¿Y a él que le importaba con tal de que la paga fuera buena? Tenía que
admitir que la razón principal de su éxito era su crueldad.
¿Existían
las brujas realmente? ¡Por supuesto que sí! ¡Él mismo, Matthew Hopkins, las
había visto actuar una que otra vez! Lo más extraño era que siempre que intentaba
agarrarlas simplemente desaparecían.
Alzó
la vista y vio a través del ventanal a la casa que tenía a un lado, a las
hermanas West; se deleitaba observando a la más joven. Descubrió que hablaba
animadamente con otra persona, parecía ser un hombre... sí, y creía saber quién
era, pero luego se ocuparía de él. Dirigió sus ojos a Rebecca y frunció el
ceño: algún día se desharía de aquel estorbo... ¡Solamente él podía desaparecer
a todas las brujas, y Luna no era la excepción! ¡La mano divina le había ungido
para aquella misión…!
***
Un
carruaje se detuvo frente a la puerta de los West y distinguió la esbelta
figura de Anne salir y encaramarse al transporte. Acto seguido la mitad del
cuerpo de la joven se asomaba por la ventana despidiéndose energéticamente de
las dos personas paradas en la puerta. Al momento que el carruaje avanzaba su
mano se acercó a sus labios, y Anne lanzó un beso; Hopkins miró la escena
intrigado y con una curiosidad creciente; estaba totalmente seguro que aquel
beso iba dirigido al hombre parado junto a Hanna, ama de llaves de los West.
Clow
se encogió de hombros con un visible sonrojo.
_
Ni un comentario, por favor _le dijo a Hanna quien le miraba con una sonrisa
pícara, y al escuchar aquel comentario sólo pudo reírse.
_Oh,
vamos Sr. Read, la trae muerta.
El
mago no contestó y se dirigió al cuarto de "Luna". Recogió el libro
que antes leyese Anne y se sentó en el suelo frente a Rebecca.
_Así
que te estaban leyendo “La Cenicienta”…
Le
sonrió con ternura mientras sacaba una baraja. A Rebecca parecía gustarle los
juegos de cartas.
Comenzó
a colocarlas sobre una pequeña mesa.
_¿Sabes
una cosa?_ dijo jugueteado con la "reina de corazones rojos"._ Sería
grandioso que dieras una orden y esta reina, por poner un ejemplo, saliera de
la carta dispuesta a cumplirla... ¿No te parece?
A
Clow le gustaba hablarle a Luna, sentía un gran alivio al hacerlo, pues aunque
conocía a muchas personas en todo el mundo no tenía más que un amigo: ella.
Rebecca era la única con quien compartía todo, era la única en Anglia del Este
que conocía su secreto, que él practicaba la "brujería". Y estaba totalmente convencido que no lo
traicionaría.
Sin
darse cuenta pasó toda la mañana y la tarde con Rebecca; fue gracias a la
interrupción de Hanna que se dio cuenta de que ya eran las diez de la noche. Apenado
se disculpó (en aquel tiempo era mal visto que un hombre se quedara tan tarde
en una casa ajena, sobre todo en los aposentos de una dama), partió pues rumbo
a su casa, aunque no tenía muchas ganas.
Después de todo, nadie lo esperaba, ni tan siquiera Danna, su ama de
llaves.
Vagó
por la pequeña ciudad, que más se asemejaba a un pueblo, hasta llegar al
centro, donde vio a mucha gente reunida alrededor de un hombre de castaños
cabellos y piel cobriza, con un fino bigote y una escasa barba bien cuidada.
_Escúchenme
amigos míos_ decía_ No podemos permitir que malditas criaturas, como lo son las
brujas, anden entre nosotros. ¡Son adoradores de Satanás! Se revuelcan entre
sus sábanas con él con tal de obtener sus poderes mágicos. ¿Qué pasaría si
alguna de estas mujeres o (¿por qué no?) hombres se nos acercasen? ¡Seríamos
contaminados y ya no podríamos entrar al paraíso prometido por Dios! Es por
ello que debemos exterminarlos. ¡Y nadie mejor que yo para lograrlo, pues fui
envestido por Dios para hacerlo!
Y
los aldeanos aplaudían. Clow movió la cabeza de un lado a otro, lentamente, en
signo de gran decepción.
_Ustedes,
amigos, sólo tienen que decirme a quién creen bruja o hechicero, más una
pequeña suma (para pagar mis honorarios) y yo les mostraré la verdadera
identidad de aquella persona... ¡Y nosotros, todo el pueblo, le daremos la
justa muerte en la horca! _
Nuevamente
los aldeanos aplaudieron, algunos se acercaron a hablar con aquel hombre e
inclusive le abrazaron, pero Clow vio con agrado como varios más se retiraban
con cara asqueada.
"Bueno"_ pensó _ “Por lo menos queda un poco de cordura por
estos alrededores”
Emprendió
camino a casa otra vez, alejándose de aquel barullo.
_¡Espere!_ la misma voz que estuviese hablando en público hace unos momentos le
llamó_ Sí, le hablo a usted, Sr. Read.
Clow
paró y volteó para tenerlo frente a frente.
_Disculpe,
pero me parece que no tengo el honor de conocerlo_ dijo con calma.
_Hopkins, Matthew Hopkins, para servile.
_Es
un placer. Soy Read Li Clow.
_Sí,
lo sé. El apellido de su familia es muy conocido... sobre todo por ser de los
primeros que quemó la Santa Inquisición.
El
hechicero tardó en responder, tratando de averiguar que había tras aquellas
palabras cargadas de veneno.
_¿Qué
es lo que quiere?
_Nada.
Pero me parece que no le simpatizo...
_No
puede decir eso, acabamos de conocernos.
_¡Ja!...
Creo que no me di a entender; mi plática sobre las brujas no le agrado,
¿Verdad?
_Tal
vez, pero no fui al único... además las brujas no existen.
Dijo
esto tratando de adoptar una actitud indiferente, para saber cómo reaccionaría
el cazador.
_¡Oh!
Un escéptico_ sonrió maliciosamente dejando a relucir uno de sus colmillos (un
poco más alargado que los de la gente normal) como si de un lobo se tratase_ Déjeme
informarle que las brujas si existen y están más cerca de lo que piensa; un
claro ejemplo es la señorita. West.
_¿Anne?
_No.
Me refiero a Luna.
_
Por favor, Rebecca no es ninguna bruja.
_Tal
vez no, pero sí está maldita por una de esas criaturas. Luna ya es un estorbo
para la linda Anne, y a los estorbos hay que eliminarlos... ¿No le parece Sr.
Read?
Clow
frunció el ceño. ¿Quién se creía aquel tipo? ¿Con qué motivo lo detenía en la
calle para sostener tan improductiva conversación? Y ¿Por qué hablaba así de su
Luna?
_No
existe nadie más adecuado para deshacerse de ella que yo, así que no le
sorprenda que un día llegue a la casa West y no la encuentre.
_Dice
eso como si usted realmente tuviera derecho de acabar con su vida.
_Claro
que sí... Yo decido quien debe vivir y quien muere.
El
hechicero no contestó, aquel cazador comenzaba a desagradarle.
-...
¿Sabe? Creo que tiene un problema.
_ ¡Ah!_
exclamó Hopkins con gran interés_ Y según usted Sr. Read, ¿cuál?
_Me
parece que se siente con la superioridad de un ser divino... creo que se le
llama "Complejo de Dios".
Hopkins
se echó a reír.
_ ¡Oh
por favor! ¡Ja! Yo no me creo Dios... Yo SOY Dios.
Clow
parpadeó varias veces. La seguridad con la que Matthew había dicho aquellas
palabras esa asombrosa; parecía que realmente se lo creía.
***
Estaba
sentado sobre un sillón, su cuerpo ligeramente inclinado, apoyando el rostro en
sus manos entrelazadas, sus codos sobre las rodillas; aquella postura la tomaba
para pensar mejor o simplemente para poder observar el fuego de la chimenea. A
su lado sobre una mesa una copa a medio llenar de ginebra.
La
casa estaba terriblemente silenciosa, solamente podía escuchar su propia
respiración y sus pensamientos hacían un espantoso eco.
Esa
noche Danna no se encontraba en casa; bueno, ella realmente no vivía allí pero
venía a cocinar y hacer los quehaceres. Vivía donde terminaba la pequeña ciudad
antes de comenzar la pradera, por lo que tardaría unos 15 minutos a pie llegar
a su casa una vez terminados sus deberes. Él le había insistido que se mudara a
la casa pero ella se negó alegando que sería de mala suerte; era supersticiosa,
de creencias paganas. No tenía idea de que a quien servía era en realidad un
hechicero y aunque lo sospechaba aún así le era leal. Era una mujer que
fácilmente pasaba los 40 años, un tanto huraña y de modales toscos, pero
agradable una vez que la tratabas... a diferencia de ese cazador, quien ante la
aristocracia se mostraba como un dulce conejo desamparado, pero en cuanto le
dabas la espalda te mordía la yugular con sus dientes de lobo...
Era
curioso como sus pensamientos cambiaban de rumbo.
Volteó
hacía la ventana y vio a la luna llena en todo su esplendor. ¡Como le fascinaba
la luna! La consideraba tan hermoso, mágica, aislada y callada, pero reina de
la noche. A veces deseaba que existiera un ser parecido a ella; aunque estaba
convencido que lo más cercano que encontraría sería Rebecca...
Tomó
del vaso, dejando que la ginebra quemara su garganta. Se recostó sobre el
sillón de terciopelo rojo, con los ojos cerrados, en un ademán reflexivo,
mientras hacía girar el líquido en la copa.
_Rebecca..._murmuró.
Al
abrir los ojos observó sobre la chimenea una baraja.
"¿Y si fuera posible…?"
Al
momento se levantó y se dirigió a uno de los estantes del cuarto, que era una
gran habitación y empujó un libro. Acto seguido se movió aquel librero dejando
a relucir una puerta. Dentro era una habitación amplia de ladrillo, con gruesos
tomos apilados en casi todo el suelo, sobre las mesas y en unos estantes de la
pared. En aquel lugar estaban TODOS sus libros de magia. Revisó un poco algunos
títulos y eligió siete mientras despejaba una mesa de madera para acomodarse.
Clow se sentó en una silla, se ajustó los lentes y comenzó a leer a la luz de
unas velas durante toda la loche.
Una
semana más tarde y después de haber estudiado cada noche decidió que ya era
tiempo de practicar aquel hechizo; pensaba crear cartas mágicas con vida
propia. En un cuarto casi vacío en su totalidad (con sólo una especie de mesa
de piedra, sobre la cual había unos papeles, libros y una pluma de ganso con su
respectivo tintero) preparó unas velas que en aquel tiempo clasificarían como
"mágicas" en forma de
círculo en el centro; él se paró frente a la mesa de piedra quitando su
contenido y colocando unos pergaminos.
Para
aquella ocasión se vistió con sus ropas de mago, las cuales consistían en una
bata blanca de seda que llegaba a sus pies, sostenida en la cintura por una
cinta gruesa negra; sobre esto llevaba una especie de chaleco de manga larga
color azul claro en cuyos bordes había grabados dorados y terminaban a la
altura de los pies con curiosos cascabeles. Sobre eso traía un gran capa negra
de cuello grande y blanco, que parecía abrocharse por enfrente, donde llevaba
bordado con fino hilo dorado la mitad de un sol encerrado en un círculo a la
derecha y la izquierda la mitad de una luna, igualmente encerrado en un
círculo.
Una
vez que se hubo acomodado sacó una pequeña llave, la cual extendió en la palma
de su mano.
"Llave que guardas el poder de la oscuridad" _comenzó a decir
con suave voz el conjuro en inglés_ "Muestra tu verdadera forma ante Clow quien ha aceptado esta misión
contigo. ¡Libérate!"
Apenas
terminó de decir la última palabra cuando la llave comenzó a crecer hasta tomar
la forma de un báculo dorado con un sol en la punta.
Se
concentró mientras recitaba un hechizo en una extraña mezcla de inglés con
chino; una columna de energía se desprendió de su cuerpo haciendo vibrar el
cuarto y volando todos los papeles de su lugar, menos el pergamino, el cual
sostenía con una mano. Según lo que había leído él tenía que pensar en darle
una forma a la carta y asignarle un elemento... En ese momento lo primero que
se le ocurrió fue el fuego. Trazó un rostro en su imaginación, lo pintó y lo
perfeccionó; al cabo de unos segundos golpeó con su báculo el aire, justo
frente el círculo de velas (apagando el fuego) Toda la energía se acumuló en un
solo punto, y tomó la forma de una carta... la cual se dirigió a sus manos.
Clow
la miró sorprendido ¡Había sido tan fácil! No ocupó mucha de su magia; entonces
se preguntó cómo era posible que contados magos solamente crearan ese tipo de
cartas... pronto lo averiguaría.
Por
el momento la pregunta más importante era: ¿Cómo utilizar la carta?
Decidió
intentar algo simple: lanzó la carta al aire y la golpeó ligeramente con su
báculo, repitiendo "Fire".
Al instante una especie de fuego apareció y tomó la forma de una pequeña hada
de color rojo.
_Muy
bien_ dijo Clow mientras le sonreía_ Probaremos tu poder. Enciende las velas.
Sin
embargo la carta, lejos de obedecer, creó un remolino de fuego que atacó al
hechicero; este rápidamente formó un escudo mágico a su alrededor.
_¿Por
qué hiciste eso?_ preguntó a la pequeña criatura, que sonrió imitando su gesto
anterior al momento de volver a atacarlo. Entonces el hechicero reunió todo su
poder mágico en una palabra: "Alto".
A
escasos centímetros de su báculo (el cual había levantado hacia ella) Fire se detuvo. Clow se dio cuenta que
para controlar a una carta hacía falta mucho poder mágico. Sonrió con orgullo:
eso no representaba ningún problema.
En
tres días creó 20 cartas, basándose primeramente en los elementos, para después
seguir con cosas menos... comunes. Prueba de ello eran la carta "Dulce" (que utilizaba para crear
repostería; a Clow le encantaban los dulces) y "Movimiento" (cuya única función era mover pequeños objetos
inanimados de un lugar a otro); esta carta la utilizaba más que nada en deberes
domésticos .
En
aquellos tres días estudió un viejo pergamino en latín. Hablaba de un poderoso
conjuro que casi nadie se atrevía a realizar: la creación de seres vivos a
partir de la magia...
Pero
bueno, cerró el pergamino y se puso en pie, rumbo a la puerta de la entrada.
Impaciente, tomó las cartas y las guardó en sus pantalones, ya quería
mostrárselas a Luna. En el camino a la casa West se detuvo frente a una pared
en la cual había un cartelón que decía así: "Circo hermanos Leach (bla, bla) pasen
a ver a nuestros aterradores leones y a su atrevido domador (bla, bla)...
"
_Leones..._murmuró,
viendo atentamente a los felinos; uno de ellos tenía un color extraño, como el
dorado del maíz y su melena era color bronce. Por unos segundos se lo imaginó
sin melena.
_¡Read
Li Clow!.
Hasta
que una chica apareció aparentemente de la nada.
_¡Anne!
_Ya
extrañábamos su visita...
_
Pero si sólo fueron tres días.
Anne
se dio la vuelta murmurando un "a mí
me pareció más tiempo". A veces la actitud de la chica parecía
demasiado infantil.
_
¡Ah! Un circo!_ sonrió como una chiquilla de siete años, emocionada al ver el
cartel delante de ella.
_¿Te
gustan los circos?
_Bueno,
la verdad no los conozco. ¿Usted ha
estado en uno?
_
Un par de veces.
_¿Y
son lindos?
_Pues
sí.
_
¿Qué le parece si nosotros dos vamos?
Clow
la miró. No estaba sorprendido: las palabras "timidez" y "vergüenza"
no se encontraban en el vocabulario de Anne, parecían haber sido sustituidas
por "descaro" y "cortante sinceridad". Pero antes de
que pudiera dar una respuesta la chica se agachó para recoger algo del suelo.
_ Mira,
una carta_ dijo observándola. Clow la
reconoció como suya.
_ ¡Ah!
Me pertenece, pretendía llevárselas a tu hermana.
_Entonces
tómala... _Y se la ofreció, pero al momento en que el mago la tomara Anne la
retiro – Mejor no.
_
¿Eh?
_
No, Sr. Read, hasta que me dé un SÍ por respuesta.
_Si
lo que deseas es un SÍ _ dijo un hombre a sus espaldas tomando la carta de las
manos de la chica – Yo puedo darte muchos.
_ ¡Ah!
¡Hopkins!
"Rayos" pensó Clow cuando Hopkins jugueteó
con la carta; además, ¿De dónde conocía a Anne? ¿Por qué se hablaban con tanta
familiaridad?
_
¿Qué es esto?_ preguntó el cazador de brujas.
_Es
mía. Pertenece a un juego de barajas que llevaba para Rebecca… Buenos días Sr.
Hopkins.
_Buenos
días Clow.- dijo con aire desdeñoso_ Nunca había visto una carta tan rara...
"Windy"; ¿Por qué va a
decir una carta eso? ¿De qué juego es?
_De
uno Japonés._ mintió.
_
¿Y viene en inglés? Bueno..._ dijo sin tomarle más importancia al asunto, y
dirigiéndose a Anne_ Vámonos señorita West, su padre la espera.
_De
acuerdo. Nos veremos después sr. Read._ dijo al momento de guiñarle un ojo.
Matthew
Hopkins caminó detrás de ella; al cabo de unos cuantos pasos regresó y entregó
la carta al mago.
_
Eso_ dijo mirándolo sobre su hombro_ Nos veremos después.
Dejó
a relucir nuevamente su colmillo de lobo. A Clow le pareció que aquellas
últimas palabras fueran una amenaza.
El
sol de la mañana brillaba sobre su cabeza, intenso. Pensó en el pergamino y el
los guardianes; definitivamente "hoy"
sería el día en que ellos nacerían, o por lo menos uno. Después de todo, ya no
tenía prisa de ir a la casa West; de las pocas personas a las que no soportaba
se encontraba Matthew Hopkins y si él estaba en aquella casa no sentía deseos
de ir. Lo lamentó un poco, tenía muchos deseos de ver a Rebecca, pero esto
retrasaría su encuentro.
Ya
a su casa se preparó para llevar a cabo aquel hechizo.
_
Dos criaturas_ pensó en voz alta frente al círculo con el pergamino en las
manos_ Dos guardianes, cuyo poder mágico
este basado en el sol y la luna, la luz y la oscuridad, el ying y el yang...
Después
de un momento comenzó con el hechizo. Un aura dorada lo rodeó y la energía se
dispersó por toda la habitación, haciéndola vibrar. La intensidad del
movimiento fue tanta que todos los cristales de las ventanas estallaron en mil
pedazos, mientras las cortinas se incendiaban. Toda la magia se reunió sobre el
círculo, creando una especie de pequeño sol, el cual empezó a tomar forma:
cuatro extremidades cubiertas de un pelaje dorado; dos pequeñas alas en la
espalda, doradas también; la cabeza era la de un felino, un joven león sin
melena...
El
mago cayó de rodillas respirando agitadamente; había ocupado casi por completo
su magia. Pero al ver como la criatura tirada en el suelo comenzaba a
despertar, olvido su cansancio y se acercó a él.
_Bienvenido
a la vida cachorro, mi nombre es Clow y yo te he regalado esta oportunidad._ le
sonrió con ternura, mientras el león lo miraba, con sus ojos dorados como si
tratara de entender.
"Keroberos", ese fue el nombre del
joven león, del Guardián del Sol. Le tomó al hechicero dos meses enseñarle lo
básico: hablar, leer, comprender... le sorprendía su habilidad para
comunicarse, era demasiado expresivo y extremadamente activo. Todos los días
había que andar detrás de él vigilando que no se metiera en problemas... sobre
todo a la hora de comer; le preocupaba que el guardián comiera tanto, después
de todo "teóricamente" no
necesitaba alimento más que la magia del mago para sobrevivir.
El
hecho de que camine un león por las calles puede causar bastante pánico, sobretodo
en la gente que no está acostumbrada a verlos, pero la situación se resuelve
fácilmente sin necesidad de recurrir a algún hechizo: sólo basta un poco de
"poder de convencimiento".
Keroberos observaba todo el lugar con verdadero interés; en sus dos meses de
vida jamás había salido más allá del jardín de la casa, por lo que cuando veía
en el pueblo le parecía maravilloso. Aunque se sentía un tanto incómodo porque
la gente se le quedaba viendo, algunas veces con un rostro horrorizado... y eso
que ni tan siquiera tenía sus alas.
_Amo_
dijo en voz baja_ ¿Quiénes son todos estos seres? ¿Por qué me miran así?
_
Son seres humanos, personas, y te miran así porque no están acostumbrados a ver
a un león.
_ ¿Y
ellos también tienen magia?
_No...
No todos.
_Me
gustaría hablar con ellos...
_Pero
no puedes.
_
¿Por qué no?
Clow
suspiró.
_
Son diferentes. Nunca lo entenderían_ alzó la vista y señaló con un discreto
movimiento de cabeza a algunos niños que jugaban _ Mira para allá Keroberos,
¿los ves?
_Sí.
¿Qué son? ¿Son humanos también? Se ven un poco más pequeños...
_Son
niños. Si buscas en todo el planeta jamás encontraras seres más puros y más
maduros que ellos: nunca discriminan ni mienten, confían en la gente sin
necesidad de que les expliquen las razones que tienen para llevar a cabo las cosas...
con ellos sí puedes hablar.
_
Niños... ¿Cuánto tiempo tienen?
_Tal
vez unos 5 o 6 años...
_¿Puedo...
puedo acercarme?
_Adelante.
Pero sé prudente.
El
Guardián se acercó a los chiquillos mientras Clow se recargaba contra una
pared, observándolo.
_
Vaya, en un placer volver a verlo por el pueblo después de dos meses, en los
que no aparecía ni su sombra.
Por
el tono tan cortante en que fue dicho esto, el mago reconoció en seguida de
quien se trataba, no hubo necesidad de voltear a verlo.
_Y
supongo que usted me habrá extrañado mucho ¿no?
Hopkins
sonrió sarcásticamente.
_Puede
que sí y puede que no. Descúbrelo.
Nuevamente
el veneno, ¿Acaso ese hombre no podía hacer otra cosa que no fuera escupirlo? Se
giró y al hacerlo se encontró con el rostro sonriente de Matthew. Aquello no le
agradó en lo más mínimo.
_Yo
sé dos cosas que tu desconoces._ fueron sus únicas palabras.
_¿Cuáles?_ preguntó por inercia.
_
Algo sucedió en la casa West.
_¿Qué?
El
silencio y la sonrisa de Hopkins comenzaron a inquietarle.
_
¿Deseas saberlo? Oh, de acuerdo: por fin sucedió.
_¿Qué
cosa?.-
_Je,
je.
Hopkins
le dio una fuerte palmada en la espalda y comenzó a retirarse, dejando a un
Clow totalmente sorprendido, quien solo atino a preguntar:
_¿Y
qué es lo otro que sabes?
_
El secreto de alguien.
Y
se retiró. Clow se quedó pensando y al cabo de unos momentos decidió hacerle
una visita a Anne, para cerciorarse.
_¡Keroberos!
Ven, tenemos que irnos.
El
león dorado, que en esos momentos se encontraba boca arriba casi muerto de la
risa (los niños le hacían cosquillas), se levantó y se acercó a su amo. Los
niños le siguieron.
_
¿Es suyo señor?_ preguntó una chiquilla.
_Sí
lo es.
_¡Es
muy lindo!
Keroberos
hinchó en pecho, lleno de orgullo.
_
¿Cómo te llamas niña? _preguntó sonriéndole.
_
Karen.
_Bien
Karen, ¿Sabes algo de la familia West? ¿Qué ha pasado en su casa?
_Mamá
dice que alguien murió.
Keroberos
intentaba correr al mismo ritmo que su amo; era difícil, el hechicero avanzaba
muy rápido. No comprendía nada de eso, de repente su amo salió corriendo sin
decir nada y él tuvo que seguirlo. Se detuvieron en una casa; Clow entró por la
puerta y él esperó afuera en el patio; no importaba qué sucediera, su amo se lo
diría, siempre lo hacía.
Entró
en aquella habitación y se petrificó: no había nada allí. La mecedora, los
estantes, el armario, todo estaba vacío. ¿Por qué?... ¡No! ¡No!
Escuchó
unos débiles sollozos en el cuarto contiguo. Al abrir la puerta se encontró con
Anne; su rostro estaba enrojecido y gruesas lágrimas surcaban sus mejillas.
_¿Anne
West?.
_ ¿
Sr. Read?.
Al
distinguirlo corrió hacia él y abrazó murmurando.
_Rebecca...
Dios, está muerta... ¿Por qué?
Y
comenzó a llorar de nuevo. El hechicero se quedó en shock, analizando las
palabras.
_
¿Cuándo sucedió? _preguntó por fin.
_
Ayer... la encontramos muerta en su habitación. El médico dice que fue muerte
natural.
Estaba
sentado con la vista fija en un pequeño cofre, con las iniciales R. W.; sus
ojos reflejaban tristeza. Abrió la tapa y vio dos juegos de aretes, pequeños, dorados,
en cuyo centro había una piedra, en unos roja y en los otros violetas. El alhájelo
había pertenecido a Luna y Anne se lo había regalado, diciendo que hacerlo
sería mejor y que eso hubiera sido lo que su hermana quería...
Keroberos
no fue capaz de formular ninguna pregunta. Nunca le había visto así; llevaba
poco tiempo viviendo con él, pero por su forma de actuar podía deducir que
siempre estaba contento, sin embargo al verlo ahora comenzaba a dudar. Se
acercó a él y se echó a sus pies.
Pensó
en Rebecca hasta muy entrada la noche. Se culpaba el haberla dejado sola
durante tanto tiempo; sí habían sido dos meses y tres días... Además Anne le
informó que su padre había decidido, después de eso, viajar fuera del país. Decía
que aquella casa estaba embrujada... También perdería a Anne... No podía seguir
pensando en ello, tenía que distraer su mente de alguna forma. Miró a Keroberos
a sus pies; el Guardián del Sol. El sol, lo opuesto a la Luna... Se levantó de
un salto. Ya era hora de que el otro guardián naciera.
Ataviado
con sus vestimentas de hechicero se acercó al círculo de poder colocando las
velas a su alrededor. Keroberos observaba todo, sin perder detalle. Aquella
sería la primera (y tal vez única) vez que él viera semejante liberación de
magia.
El conjuro
comenzó, con distintas palabras. En lugar de rodearlo un fuego dorado, como
sucedió con Keroberos, esta vez fue una luz plateada, muy brillante. Y sucedió
lo mismo que en aquella primera ocasión: los cristales se partieron en miles de
pedazos, el fuego de las velas se extinguió... bajo la asombrada mirada del Guardián
del Sol la luz blanca empezó a adoptar una forma... ¿femenina...?
Pero
por alguna razón no pudo concentrarse en lo que hacía. El recuerdo de Rebecca
estaba latente en su memoria, no podía dejar de pensar en otra cosa que no
fuera en ella: en sus cabellos plateados, largos y sedosos; en su ojos de color
indefinidos, fríos y distantes; en su esbelta figura de piel pálida... agitó la
cabeza tratándose de concentrar en lo que sería el nuevo guardián de la Luna...
La Luna... Luna...
Keroberos
parpadeó varias veces intentándose asegurar de lo que había visto: la figura
cambió de forma.
Cuando
la luz se desvaneció, ambos (Keroberos y Clow) pudieron ver a un niño, de 12
años de edad más o menos, de piel blanca como nieve; dos enormes alas de
delgadas plumas; su cabello plateado y a la altura de la cintura... dos ojos
azules, no, grises... ¿o eran violetas…?
_Yue...
_ fue lo único en lo que pudo decir Clow, bajo la mirada de aquel pequeño ángel
blanco.
Sus
caracteres eran diametralmente opuestos: Keroberos siempre se mostró alegre, en
cambio Yue era apático y sin ánimos, aunque aprendía mucho más rápido que el
Guardián del Sol. Mientras Keroberos sabía inglés y japonés, Yue ya manejaba
cinco idiomas (inglés, español, francés, japonés y chico). El Sol jugaba,
brincaba, reía y se divertía; la Luna era seria, calmada, melancólica y poco
activa, prefería el mundo nocturno que el lleno de luz y vida...
Kero
hablaba con Clow hasta que se le acababa el aliento, jugaban bromas y comían;
Yue únicamente lo observaba, su mente era una esponja que todo adsorbía deseosa
de saber más, veía a su maestro y aprendía de él, lo imitaba porque lo admiraba
enormemente.
Sin
embargo un nuevo sentimiento muy parecido creía en ambos... pero hacia
diferentes personas.
Cuatro años después. 1645.
"Plac,
plac "
Escuchaba
el ruido monótono de la lluvia al golpear contra el cristal de la ventana. El
viento soplaba fuerte y hacía chocar las ramas empapadas contra la madera con
que estaba construida la casa, provocando un cansado ruido que al mezclarse con
el "plac, plac" le hacían desesperante. Él apartó una cortina de
terciopelo rojo con hermosos bordados, para poder ver más allá de la lluvia. No
había nada afuera.
_
¿Ves algo interesante, Yue?
La
voz de su amo le hizo regresar la vista.
Clow
estaba sentado en un sillón tapizado también con terciopelo rojo, atento a un
libro; no había descuidado su lectura, incluso cuando le habló.
_Sólo
lluvia y oscuridad_ contestó el ángel con su acostumbrada indiferencia.
Dejó
la ventana con la cortina recorrida, mientras se acercaba a un rincón de la
habitación. Se sentó recargado contra la pared y observó... no el fuego de la
chimenea, ni los estantes llenos de libros, ni tampoco aquel hermoso cuadro que
colgaba oscilante sobre el fogón. Observaba a su Amo. Grababa en su mente cada
gesto que él hacía, desde hace algunos años... Sí, desde hacía tiempo él
comenzaba a sentir algo extraño con referente a Clow; una sensación que no
conocía y que no explicaba ninguno de sus libros. Al principio fue admiración,
cariño fraternal por aquella persona que le había dado vida y enseñado tantas
cosas; sin embargo, con el tiempo ese cariño se convirtió en una emoción muy
fuerte e incontrolable... tanto que muchas veces se asustaba.
Tomó
el libro a su lado y comenzó a hojearlo. De vez en cuando alzaba la vista hacia
el mago; le preocupaba, tenía varios días que no dormía bien, se la pasaba
encerrado en esa habitación leyendo. Deseaba poder hacer algo para quitarle ese
rostro tan cansado.
En
una de sus manos sostenía una copa de cristal dorada que contenía un vino
añejo, de vez en cuando tomaba de él. En su otra mano sostenía un libro chino que
leía con verdadero interés. Clow vio al chico a través del cristal de la copa;
sus magníficas alas blancas recargadas contra la pared, el cabello plateado
brillaba, cubriendo ligeramente el rostro inclinado, el fuego se reflejaba en
su pálida piel y en su cuerpo vestido de inmaculado blanco, dándole un aspecto
casi angelical... Ya había alcanzado su forma definitiva... "Es guapo" concluyó, regresando a su
lectura.
Pasando
las hojas, Yue se detuvo en un pequeño párrafo.
Y su corazón dio un vuelco:
Y su corazón dio un vuelco:
"A
un ángel le pregunté:
_
¿Cuál es el peor castigo?
Y
el ángel me respondió:
_Querer...
y no ser querido".
¿Acaso
era eso? ¿Quería a Clow a tal grado de amarlo? ¿Y si su amo no lo amaba como
él? Clow lo quería, era cierto, pero ¿de la misma forma? Volteó hacia él, sus
ojos demostraban demasiadas emociones.
_Amo...
¿Usted... estará conmigo siempre?
La
verdadera pregunta era: “¿Usted me
quiere?”, pero no tuvo valor suficiente para formularla.
La
pregunta fue inesperada. El mago levantó la vista, dirigiéndola hacia su
guardián; al encontrarse con sus ojos descubrió preocupación. Eso le extrañó
mucho. Dejó a un lado su copa junto al libro, que parecía haber olvidado por
completo, para ponerse en pie.
_¿Por
qué me preguntas eso?
Yue
apartó la vista; sus ojos siempre fríos e inexpresivos ahora dejaban ver
melancolía y tristeza, tal vez hasta dolor... Clow no comprendió el por qué de
aquella mirada.
La
habitación quedó en silencio. Un relámpago cruzó el cielo seguido de cerca de
un estruendo.
_Tengo
miedo_ habló por fin el Guardián, pero tan bajo que parecía que hablaba para
sí– De quedarme solo.
Esas
palabras, más su triste mirada le daban un aspecto extremadamente frágil. Una
gran ternura invadió al mago y le dedicó una sonrisa comprensiva mientras se
acercaba a él.
_
No tienes de qué preocuparte_ dijo con su voz más fina al momento de colocar
las manos en sus hombros, con suficiente cuidado para que el chico no se
deshiciera bajo el toque_ Siempre me tendrás a tu lado, aunque no seas capaz de
verme.
Y
besó su frente.
_Yo..._
murmuró Yue con un hilo de voz.
Un
mundo se sensaciones se agolparon contra su pecho. Sin que él pudiera evitarlo
dos pequeñas lágrimas, diamante líquido, corrieron desde su ojos hasta su
barbilla, donde desaparecieron. A esas dos le sobrevinieron más.
El
mago lo acercó hacía el, rodeándolo con sus brazos; dejando que sus lágrimas
empaparan la tela de su camisa. El desahogo era bueno: las lágrimas producen
alivio.
Yue
se aferró a él, clavando sus uñas en la espalda. Clow ahogó un sonido, podía
sentir su carne viva bajo los dedos del guardián, pero no dijo nada. El chico
lloraba en silencio. Los leves sollozos de Yue poco a poco se fueron apagando,
hasta confundirse con el " plac,
plac " de la lluvia
contra la ventana. Ahora sólo estaba ahí de pie, abrazado a él, sintiendo como
sus respiraciones se acoplaban a un mismo ritmo. Se dejó embriagar con el
dulce, y a la vez agrio, olor a vino añejo de su Amo.
Levantó
la vista y sus ojos se encontraron. Clow le sonrió otra vez, " Ya todo pasó. ¿Te sientes mejor
", parecía decir aquel gesto.
Un
trueno iluminó la habitación y al cabo de tres segundos se escuchó el
estruendo. Seguía lloviendo allá afuera. El viento se agitó con más fuerza; era
un aire helado. Comenzaba a hacer frío. Sin embargo el Guardián no sentía frío
en lo absoluto, al contrario, un fuego intenso le devoraba por dentro. Aquella
sensación en su estómago o lo que fuese, se hizo más intensa.
Entonces,
acercó sus labios tímidamente y lo besó con dulzura infinita. Como si hubiera
esperado una eternidad para hacer aquello.
Clow
parpadeó varias veces, estupefacto. Había sido un beso corto, sobre sus labios,
extremadamente tímido y dulce. Y por primera vez en su vida, no supo qué decir,
ni qué pensar.
El
ángel permaneció inmóvil, ocultando el rostro entre las telas de la camisa de
su amo, esperando algo... lo que fuera: algún reproche, una exclamación, un
comentario... ¡cualquier cosa!. Pero no hubo nada y comenzó a llorar de nuevo.
Aun
así Clow no se dio cuenta (o no quiso darse cuenta) que aquel llanto y esa
tristeza eran... el dolor de alguien que se acaba de dar cuenta de un amor
imposible.
La
escena fue vista desde fuera por un hombre envuelto en una capa negra; un
relámpago dejó ver su rostro, que mostraba una sonrisa y nuevamente lo dejó en
la penumbra.
Entre
aquella oscuridad sus ojos, de un verde líquido, resaltaron con expresión
cansada, como si tuviera muchos años de edad, casi siglos...
(Revisado por última vez el 31/08/2018)
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