Nota de la autora
Card
Captor Sakura le pertenece a las magnificas CLAMP y a las empresas encargadas
de su producción y su distribución. Yo no tuve nada que ver con el proceso, e
hice este fic pura y exclusivamente para diversión personal, sin ninguna clase de
interés comercial. Dicho esto, no me demanden, ne?^^U
Advertencia especial
Este
fic es triste. Lacrimógeno. No tiene final feliz. Tiene ligeras insinuaciones
de shounen-ai, pero nada más grave que lo que pueden encontrar en la serie
original, aunque en la serie original no creo que vayan a encontrar tanto ANGST
concentrado. Si no les gustan esta clase de historias, huyan por su bien.
***
Fue
mi error. Mi increíble y estúpido error.
No
es algo de lo que pueda estar orgulloso, o algo que siquiera importe en este
momento, pero es lo único en lo que puedo pensar…en que éste fue mi error.
Me
sobrepasé con mis actividades nocturnas. Ni siquiera soy capaz de recordar qué
fue lo que me motivó exactamente a cambiar de forma y usar todo mi poder…alguna
inútil prueba contra las cartas, o algo así…nada vital, nada importante. Sólo un
error.
Un
error nefasto, imperdonable, y fatal.
Mi
fuente de magia, de energía, de vida, no es muy estable. Si tan sólo el consumo
mínimo de magia indispensable para hacerme respirar lo deja tan cansado que
apenas puede mantenerse de pie, es inevitable que le agote mucho más que yo
vaya por ahí desperdiciando aquel don tan maravilloso que me otorgó.
“Oh, no es nada fatal”, me dicta una
monótona voz, que es la de mi experiencia o la de mi creador, no lo sé. “Al menos no directamente. Incluso en el peor
de los casos, sólo se sentirá extremadamente cansada y tendrá que dormir por un
par de días, pero luego todo volverá a estar como antes. Nada de qué
preocuparse. Nada por lo que valga la pena restringirse. Después de todo, “tienes”
ciertas obligaciones con tu dueña, y limitarte sólo porque un exceso de poder
podría darle un cansancio extremo a tu fuente es algo estúpido, en serio. No vale
la pena. Él sabía a lo que se estaba exponiendo cuando ofreció aquel regalo”
Su
estúpido, estúpido error. Y mi más aún estúpido error aceptarlo, demasiado
preocupado por el bienestar de mi dueña y de las cartas a mi cuidado como para
pensar en las consecuencias de mis actos.
Bueno,
ahora tengo una buena prueba de ello.
Estoy
casi completamente rodeado por toda clase de ruidos, pero no logro distinguir
nada. No me es posible diferenciar los ruidos caóticos que me encierran, como
así tampoco puedo comprender bien lo que estoy viendo…está todo tan borroso…
¿Acaso perdí a mis anteojos en algún momento? ¿O es por culpa de las lágrimas
que se forman en mis ojos y caen, una tras otra, cada vez que pestañeo,
impidiéndome ver con claridad?
Siento
una ligera molestia en las rodillas… algo que se acercaba al dolor. Creo que es
dolor. Estoy tan confuso que tardo unos instantes en darme cuenta que he caído
de rodillas, con tanta fuerza que la tela de mis pantalones se ha rasgado. ¿Es
que acaso tropecé y caí con tanta fuerza? ¿O fue mi propia iniciativa la de
terminar en esta posición?
No
logro explicármelo correctamente, porque todas mis fuerzas se concentran en
pensar…éste fue mi error.
Fue
mi error el haberte saludado como si nada hubiera ocurrido, a pesar de darme
cuenta de que te veías más somnoliento y cansado que de costumbre. Fue mi error
no hacer la relación instantánea de que era culpa mía ese estado, por haberme excedido
la noche anterior. ¿Es que tenía que desperdiciar tanto de mi poder? ¿No podía al
menos haberme restringido de usar mis alas? Mis apéndices emplumados consumen
mucha magia sólo para mantenerlos en su lugar, los esté usando o no, y en
muchos casos son simplemente superfluos…meros adornos… pero aún así yo los
mantengo, obstinadamente. Una vanidad muy metida dentro de mi ser como para ignorarla
a favor de aquél que se arriesgó tanto para que yo pudiera seguir existiendo. Aquel
que eres tú.
Oh,
sí, en algún momento me di cuenta de que te veías cansado, y dejé que se
reflejara en mi rostro…pero sólo me miraste de esa manera tan especial y me
dijiste que no tenía de qué preocuparme. Que habías elegido voluntariamente ese
destino y que no te importaba. En absoluto. Que no te importaba qué era lo que
tenías que dar a cambio, si con eso tan sólo evitaras perderme. Como me lo
dijiste muchas veces antes. Y como en todas las otras oportunidades, me sentí
feliz por esto, agradecido y querido, y acepté tus razones, aunque con una
punzada de dolor en mi pecho. Sonreí como siempre, y seguí conversando contigo,
poniendo poca atención al hecho de que cada vez te costara un mayor esfuerzo
mantenerte despierto, y que me contestaras con un poco más que monosílabos. Siempre
fuiste tan poco comunicativo, que no lo encontré una causa de alarma…
Luego
fue la clase de deportes, en la que nos pidieron que ayudáramos en un partido
de fútbol para el cual habían faltado dos de los jugadores. Acepté en nombre de
ambos, suponiendo que como todas las otras oportunidades no te importaría
participar, y sin equivocarme. Parecías reanimado y feliz de poder jugar. Pero te
caíste apenas a unos minutos entrado el partido, y no te levantaste.
Fueron unos momentos muy tensos. No
les importó suspender el partido mientras yo te llevaba a la enfermería de la
escuela. La enfermera dijo que habías colapsado por un excesivo esfuerzo, y que
necesitabas descansar. Despertaste luego de un par de horas, y no te agradó
encontrarte confinado en el ambiente desinfectado de la enfermería de la
escuela, por lo que me pediste... prácticamente demandaste... que te sacara de
allí.
A la sombra de un árbol en
el patio interno de la escuela, y apoyándote en mí como única manera de impedir
otro colapso, pasamos unos momentos bastante tranquilos. Para ese entonces
había comenzado a preocuparme de verdad por ti, pero decidí ignorarlo, pensando
que tal vez sería demasiada carga para ti soportar mi inseguridad además de tu
propio cansancio.
Entonces opté por hablar
animadamente de una dichosa nueva tienda de pasteles que quería visitar, parte
para distraerte... y parte porque realmente quería ir. Yo y mi estúpida
obsesión por la comida.
La caja con los pasteles
que compramos para llevar quedó olvidada en la acera y probablemente aplastada
por la conmoción, pero ya no me interesa. Ni me interesará nunca más. Si
salimos de esta, juro, juro que jamás volveré a probar un pastel, ni algo
dulce, hasta dejaría de comer totalmente, no me hace falta, después de todo...
no me importaría tener que sacrificarlo todo... pero por favor... que mi
estúpido error no nos lleve tan lejos... que haya una salida para esta
situación. Algo para corregir mi error.
Mi garganta me duele, y
unos sonidos extraños, como los que produce un animal herido, me llegan a los
oídos. Sólo me sorprende un poco darme cuenta que son míos.
Estoy aferrando la tela de
tu camisa, totalmente rasgada, y mis manos se sienten resbalosas, húmedas y
cálidas... ¿Es acaso por tu sangre?
Tu pecho sube y baja
trabajosamente, y puedo escuchar tu respiración sibilante, inestable... ¿Cómo
puede ser que la escuche, por sobre los gritos de la multitud y los míos
propios?
Fue todo un error... sólo
un error... un error seguido de otro error, toda mi existencia.
No podía contentarme con
aquél momento de paz y tranquilidad, en el que estarías recostado sobre mi
hombro, dormitando alternativamente, por el extremo cansancio del que yo fui la
causa. No podía contentarme con dejarte descansar, abrigado en el calor de mi
cuerpo, que no estaría allí si no me lo hubieras dado en un primer lugar... no.
Necesitaba escucharte hablar, necesitaba ver aquella valiosa y rara sonrisa en
tus labios, necesitaba que me acompañaras, que te divirtieras conmigo.
Pensando, en algún rincón
de mi mente, que eso te distraería y te haría olvidar de tu cansancio.
Nos dejaron salir más
temprano, por lo que ocurrió en la clase de deportes. En ese momento, cuando
salíamos de la escuela, te veías casi normal. Bien despierto, estable sobre tus
pies, y escuchándome atentamente, como siempre.
Y entonces pensé, oh, ¿Por
qué no aprovechar el tiempo, e ir a la tienda de pasteles ahora, ya que es el
horario en el que preparan una tanda fresca?
Me regalaste una sonrisa
muy cansada cuando te lo propuse y aceptaste fácilmente. ¿Es que nunca me has
negado nada? ¿No te das cuenta de que darme todo lo que tienes, tu magia, tu
vida, tu tiempo, tu corazón, es sólo un error?
Oh, pero no te importó, y
hasta dijiste que comprarías un par de pasteles extra para llevarle a tu
hermana y a la bestia devoradora de cosas dulces que es mi compañero en la
labor de proteger a las cartas y a mi dueña.
Era un viaje corto, así que
lo hicimos a pie. No nos tardamos demasiado para llegar a la dichosa
pastelería, pero me tomé mi tiempo para elegir los pasteles. Si no hubiera
estado tan estúpidamente distraído, me hubiera dado cuenta de que te afirmabas
con más fuerza de la necesaria en el mostrador, o que te restregabas
constantemente los ojos para permanecer despierto. O que me contestabas con un
movimiento afirmativo de la cabeza cada vez que te preguntaba si te parecía
bien que comprara tal pastel, o si a tu hermana le gustaría tal otro. No me di
cuenta de que habías llegado al límite de tus fuerzas, y estabas cercano a
colapsar nuevamente.
Sólo un error, por
supuesto. Un error más a la lista interminable de errores, que comienzan con mi
propia creación. Una creación fallida, que sólo puede sobrevivir si parasita a
alguien más, siendo total y absolutamente incapaz de crear su propia magia, o
siquiera sacarla de cosas más tradicionales, como la comida. Un error que ni
siquiera es humano, y que nunca pudo explicarse cómo fue tan afortunado de
ganarse tu corazón.
Mi pecho me duele a pesar
de que no soy yo quien está sufriendo, y puedo darme vagamente cuenta de que
alguien me está hablando con una voz tranquila, tratando de calmarme, alguien
está tironeando de mí, insistentemente. Quieren que me separe de ti, que les
deje lugar... ¿Lugar para qué?
No logro comprender nada...
el dolor es demasiado intenso... ¿Es que acaso puedo sentir tu dolor, o es el
mío propio? ¿Se supone que una criatura mágica sienta dolor? Reflejo tantas
cosas erradamente, que no sería extraño que lo hiciera...
Como irradiaba entusiasmo
al salir de aquella tienda con la caja bajo el brazo y tú siguiéndome unos
pocos pasos atrás. Estaba hablando de algo, probablemente de los pasteles y del
té que prepararía en cuanto llegáramos a tu casa para comerlos en compañía de
tu familia. Pero tú ya no me estabas escuchando, ¿cierto?
Tenías esta expresión
extraña, como si me estuvieras viendo pero no pudieras verme al mismo tiempo.
El cansancio ya era demasiado para ti. Era como si caminaras dormido.
El semáforo cambió de luz y
me apresuré a cruzar la calle, suponiendo que venías detrás de mí, mientras yo
seguía hablando. Sólo un error.
Cuando llegué a la acera y
me volteé, tú te habías quedado en la calzada opuesta, congelado, casi
tambaleándote por el sueño.
Grité tu nombre,
súbitamente preocupado, y pareciste recuperar la conciencia, el tiempo
suficiente para dar un par de pasos apresurados a la calle para venir hacia
donde yo estaba, pero no el suficiente para darte cuenta que el semáforo había
cambiado en esos valiosos instantes.
Cuando me diste tu magia
perdiste la habilidad de ver a tu madre, perdiste fuerzas, perdiste vitalidad.
Perdiste tu don, aquel maravilloso don heredado de tu madre, mediante el cual
simplemente sabías lo que estaba ocurriendo a tu alrededor, sin necesidad de
estarlo viendo u oyendo.
Para ti, perder ese don fue
como quedarte ciego y sordo al mismo tiempo. Tuve que observar cuando te
alterabas casi al borde del infarto solamente porque tu hermana se había
aparecido para pedirte helados, o porque una anciana se nos acercó por detrás
para preguntarte la hora. Tuve que observar tu mirada nostálgica cada vez que
miraras hacia el parque o un lugar que solías frecuentar, claramente extrañando
la presencia de los espíritus a los que tratabas de ayudar cada vez que podías.
Y tuve que observar, con
horror, cuando no pudiste esquivar un auto que llevaba demasiada velocidad, y
que tenía el paso libre por la luz del semáforo. No lo podías sentir, y no te
habías acostumbrado a depender de tus sentidos a tiempo para darte cuenta del
peligro.
Los frenos chirriaron, pero
ya era demasiado tarde. Te golpeó ese auto, y luego otro más.
Quedaste tendido en la
mitad de la calle, y antes de que me pudiera dar cuenta, había saltado de la
acera, y me había lanzado a tu lado, ignorando el hecho de que bien podrían
atropellarme a mí también en el proceso.
Tu respiración es sibilante
y tu ropa está toda arruinada. Tus piernas están torcidas en un ángulo extraño,
al igual que tu brazo derecho. Tu cabello está pegajoso con la sangre que fluye
libremente hacia la acera desde alguna parte en tu cabeza, y algo sobresale de
tu pecho, pero me niego a pensar que sean tus costillas, que han atravesado tu
pulmón. Aunque eso explicaría el que te cueste tanto respirar, y que tu mano
sana busque la mía, temblorosa.
Aprietas mi mano con toda
la fuerza que tienes, y me horrorizo al darme cuenta que no es mucha.
Usualmente tienes una mano firme, estable pero con una fuerza impresionante.
Ásperas, eso sí, pero que a pesar de las apariencias, son increíblemente
gentiles y hábiles cuando quieren serlo. Suave como un susurro para una
caricia, o para cumplir una tarea delicada con precisión milimétrica.
Llevo tu mano a mi rostro,
importándome poco y nada que la sangre se mezcle con mis lágrimas, mientras de
mi pecho siguen saliendo estos sonidos extraños, ahogados, que no logro
identificar como míos.
...no estoy seguro si he
llorado alguna vez. ¿Lloré cuando murió mi creador? Reconozco el mismo dolor...
¿Pero acaso fue tan violento? ¿Acaso me arrancó toda mi fortaleza de un solo
golpe, como en esta oportunidad? ¿Acaso tomó posesión de mi cuerpo, mi alma,
mis fuerzas, de la misma manera en que lo está haciendo ahora?
Estás tratando de decirme
algo, puedo darme cuenta. Me acerco a tus labios, esforzándome por escuchar,
aunque puedo escucharme a mí mismo diciéndote con voz temblorosa que no te
esfuerces, que todo estará bien, que la ayuda llegará pronto... a pesar de que
sé que no será así. Ya es demasiado tarde. Puedo sentirlo.
Tus ojos oscuros están
fijos en los míos, aunque opacados por el dolor y mis propias lágrimas, y
aunque no logro comprender tus palabras, tu voz está tan rasgada... ¿es que ya
no puedes respirar correctamente?-, ellos me comunican lo que quieres decirme.
No pidas disculpas, te lo
ruego... fue mi error. Sólo mi error. Sólo un error.
Sin importarme lo que vaya
a ocurrir, me dejo caer sobre ti cuando lo siento, sollozando como un niño,
aferrándome a tu cuerpo como lo haría un náufrago a la última astilla en el océano.
Tu magia está
desapareciendo. La siento latir en mi interior con cada vez menos fuerza,
debilitándose, nuestra conexión afinándose como un hilo, cada vez más, y más,
hasta quedar tan débil que sé que se cortará en cualquier momento.
Mis sollozos adquieren un
cáliz mucho más desesperado entonces, y trato, por todos los medios, de
aferrarme a esa conexión. De revertir la magia que me otorgaste, en la absurda
esperanza de que si te la devuelvo, tal vez puedas mantenerte vivo unos
segundos más...
Para mí, el chasquido es
casi audible cuando la conexión se corta. Tu pecho sube y baja una vez más, y
luego se queda totalmente inmóvil.
Sacudo la cabeza de un lado
a otro, definitivamente superada mi capacidad de resistir el dolor. Esto no
puede estar pasando, no otra vez. No puede haberse cortado la conexión con la
vida de aquél a quien amo, nuevamente. No puede ser.
No puede ser que ya no
vuelva a ver tu sonrisa, como ya no volví a ver la de él, no puede ser que ya
no vuelva a escuchar tu voz, como nunca más escuché la de él, ni sentir la
calidez de tu magia latiendo en mi interior, como una vez lo supo hacer la de
él.
Me doy cuenta de que me
estoy debilitando rápidamente, ahora que ya no hay una fuente de magia para mí.
Toda la magia que estaba reflejando ahora se está perdiendo, porque no soy
capaz de contenerla.
Soy, después de todo, sólo
un error... no puedo hacer nada bien, ni siquiera conservar lo último que me
diste.
Ya ni siquiera tengo voz
para gritar. Son sollozos silenciosos los que me sacuden, mi cabeza hundida en
tu pecho, mi mano todavía aferrando la tuya, sin poder evitar sentir que tu
cuerpo está cada vez más frío.
Como en un sueño, siento
aproximarse a toda carrera una presencia que me es muy familiar, por ser tan
parecida a la tuya y una a la que estoy vinculado, pero no de la manera en que
estaba a la tuya.
Se detiene a poca
distancia, y los gritos que la acompañan los reconozco inmediatamente, aunque
estoy demasiado inmerso en mi propio dolor para importarme el dolor de alguien
más. Aunque sea el de mi propia dueña.
Porque es tu hermana,
Sakura, quien acaba de llegar, y suma su propia gota de dolor al cuadro. Sintió
que algo estaba mal, e inevitablemente debe haber sentido tu magia desaparecer.
Ahora está a mi lado, y me
pregunto vagamente cómo pudo llegar en tan poco tiempo... ¿Es que acaso había
presentido que algo andaba mal contigo antes de que efectivamente ocurriera? ¿O
usó alguna carta para llegar más rápidamente? De todos modos, ya es demasiado
tarde.
Pero alguien más está gritando,
y me toma unos instantes darme cuenta quién es... Shaoran, el chico chino,
¿verdad?
No te agradaba. Siempre
tuviste celos de él, porque sabías lo que terminaría ocurriendo entre él y tu
hermana... No entiendo sus palabras, pero parece estar tratando de tranquilizar
a Sakura... ¿Para qué? Ya nada tiene sentido, no sin ti a mi lado.
Pero parece ser que ella
comprende lo que él le está diciendo porque sus lamentos se detienen
instantáneamente, aunque no su dolor, que me satura sumado al mío propio, y
puedo sentir la magia provenir de la llave.
En un instante toda la
calle está durmiendo, y el chico chino me obliga a separar la vista de ti para
hablarme.
¿De qué? Ya nada tiene
importancia. Gesticula exageradamente, pero no comprendo sus palabras. Ah...
Está señalando la mano con la que aferro a la tuya.
Casi por inercia sigo con
la mirada sus gestos, y comprendo qué es lo que me quiere hacer notar, y que ha
hecho que Sakura ponga a dormir a toda una multitud en plena luz del día sin
detenerse a meditarlo. Algo que puede distraerla sólo unos instantes del inevitable
y profundo dolor que le provoca la muerte de su hermano... Dios, esas palabras
duelen...
Mi mano se ve transparente.
Estoy desapareciendo.
Mecánicamente comprendo qué
es lo que quieren hacer. Ella no quiere perderme, me considera parte de su familia.
Y está dispuesta a vincularme a su magia antes de que sea demasiado tarde, que
a este ritmo será en apenas unos segundos.
Es suficiente el dolor de
perder a su amado hermano, no quiere tener que sumarle el dolor de perderme a
mí también, y sabe que tiene que apresurarse si quiere evitar que ello ocurra.
Puedo sentir su magia,
usualmente tan gentil, casi forzándome a unirme a ella para que no desaparezca,
pero no se lo permito.
Me mira sorprendida a
través de su rostro surcado de lágrimas y lo intenta de nuevo, pero yo sólo la
miro a los ojos y niego con la cabeza.
No voy a hacerlo. No voy a
pasar por esto otra vez. No voy a vincularme a nadie más, sólo para causar su
muerte. No voy a cometer otro error.
Su magia deja todo indicio
de sutileza para tratar de obligarme a aceptarla, por la fuerza, pero me
encierro en mí mismo, en los pocos poderes que me quedan y la rechazo, casi con
violencia.
Le duele, puedo sentirlo.
También a mí me duele. Pero me duele mucho más tu mano progresivamente más fría
en la mía, y las palabras que resuenan en mis sentidos. El recuerdo de tus
latidos, la caricia de tu magia corriendo por mi ser, el susurro de tu amor
sobre mi piel y dentro de mi corazón. Todas ellas eran palabras para mí,
palabras que se habían fundido en mi interior, como lo hicieron las palabras
que llevaron a mi creación alguna vez.
Más lágrimas surcan mis
mejillas cuando cierro los ojos, y me dejo caer nuevamente hacia ti,
encerrándome por completo en mi dolor y mi perdición, sumergiéndome en un abismo
profundo de dolor y oscuridad.
No quiero saber de nada
más, no quiero seguir existiendo. Lentamente estoy perdiendo la noción de todo,
salvo del dolor que me rodea.
Sakura aprenderá a vivir
sin mí, no necesita un parásito que vaya a consumirla y entristecerla,
abrumándola con un dolor que no sanará, como nunca sanó el dolor de haber
perdido a mi creador.
Nunca debí haber existido,
y en estos momentos sólo se está produciendo lo que era de esperarse.
(Revisado por última vez el 22/07/2018)
No hay comentarios:
Publicar un comentario