Ir
de compras con Oniichan… No, no, no, no… El amargo sabor del fracaso estaba
deslizándose ya por su garganta.
Lo
sabía. Se había encontrado con él dos veces, y las dos veces él había sido
capaz de notar la diferencia.
Espejo
hizo un puchero. ¿No sabía el Ama que sus trucos de imitación eran infectivos
contra humanos con poderes psíquicos? Era la clase de cosa que se suponía que
Kerberus-sama debía advertirle. ¿Tal vez debería recordárselo al Guardián...?
Pero
entonces...
Se
sonrojó. Entonces el Ama no la convocaría más para que estuviera con Oniichan.
Y estar con el hermano del Ama se sentía agradable. Realmente agradable.
Le
recordaba de alguna manera al Amo Clow. Misma estatura, similar color de
cabello, mismos ojos azul oscuro. E igual de gentil. Sin embargo, la sonrisa del hermano del Ama
era más triste. Más solitaria.
Pero
había algo además que la hacía recordar a su creador ese día. La dirección que
el Ama y el muchacho habían tomado... Espejo podía sentir también el llamado.
Una fuerte aura pulsando como la luz de un faro.
Decir
que esa aura era familiar para ella sería una enorme subestimación. Había
vivido dentro de esa cálida presencia, la había respirado, se había alimentado
de ella, durante casi toda su vida. Sus primeros recuerdos eran de un etéreo,
estrecho abrazo de parte de esa amorosa energía, de una voz suave llamándola
por su nombre, bautizándola, convocándola al exterior, y de la sonrisa abierta
de ese hombre amable cuyo espíritu sentía ella dentro de sí. El Amo Clow Read.
Él
siempre estuvo con ella. No importaba bajo qué forma estuviera ella, no
importaba qué tan lejos pudiera estar él, su presencia era la única realidad
permanente en sus existencia. Algunas veces había sido separada de la baraja, o
enviada sola en una misión sin la escolta de los Guardianes (¡el Amo confiaba
tanto en ella!), pero de todos modos esa aura la seguía, o mejor dicho, la
guiaba, o todavía mejor dicho, era
ella, siempre, sin duda alguna.
Así
era...
...hasta
el día en que se desvaneció.
Bueno,
no era que hubiera desaparecido, exactamente, pero...
No
podía explicar lo que había pasado, en verdad. Un día todo estaba perfectamente
bien, y al siguiente el Amo Clow estaba convocándolas a todas, todas las
cincuenta y dos de ellas. Permaneció en pie sonriendo en el centro del círculo
que formaron a su alrededor... y les dijo que se marchaba.
Se
marchaba, había dicho. Y, por supuesto, todas lo que las cartas pudieron
preguntarle fue “¿A dónde vamos?”.
Porque a donde quiera que él fuese, ellas irían también. O viceversa, era
difícil decirlo con seguridad. De cualquier modo, era un hecho.
Sin
embargo, ella había sentido la presencia de los dos Guardianes rondando cerca
también. Y estaban tristes. Tan, tan tristes. Había tratado de recordar, en
vano, una sola ocasión en la que Kerberus-sama hubiera proyectado tanto
sufrimiento. Y Yue-sama... Oh, cielos, Yue-sama estaba en total agonía, y todas
las Cartas regidas por la Luna (incluyendo a Espejo) estaban encogiéndose en
agonía con él, ya que parecía incapaz de guardar para sí mismo sus revueltas
emociones...
Yue-sama...
siempre tan calmando, tan en control... Era increíble. Inverosímil.
A
través del estado de ánimo de sus Guardianes, las Cartas comprendieron la
gravedad del momento, a pesar de que el Amo Clow no hizo más que sonreír como
si fuera el día más feliz de su vida. Bueno, la mayor parte de las Cartas
comprendieron. La estúpida Salto había tratado de lucir inteligente, burlándose
de las demás por caer en otra de las bromas del Amo.
A
pesar de todo, era imposible culpar a Salto. Porque el Amo había dicho que iría
a un lugar donde ninguna de las Cartas y ni siquiera los Guardianes podrían
seguirlo, y que no volvería nunca... Espejo pensó que Salto tenía que estar en lo correcto.
Eso sólo podía ser una broma.
Sólo
que las bromas del Amo siempre eran divertidas y esta no tenía nada de
graciosa.
Oscuridad
y Luz se adelantaron para preguntarle qué sería de todos ellos. Esas dos eran
las más sabias y ya sabían desde antes lo que Espejo y las otras sólo habían
llegado a conocer esa noche: que sin el Amo, sólo Kerberus-sama podía
sobrevivir. La baraja moriría en el mundo exterior, y eventualmente el mundo
interior colapsaría y se las llevaría consigo también. Yue-sama simplemente se
disolvería en la nada. ¿Y qué haría entonces el Guardián Solar, sin nada ni
nadie a quién cuidar?
Espejo
se estremeció al recordar, y tuvo que luchar para mantener el equilibrio sobre
los patines. Esa había sido la primera vez que el Otro había sido mencionado.
El
Amo Clow había hablado realmente del “nuevo
amo”, y había explicado cómo los Guardianes y la baraja recibirían la
última energía vital de su creador para que pudieran sobrevivir hasta que un
nuevo amo fuera elegido por Kerberus-sama y juzgado por Yue-sama. Pero para la
mayoría de las Cartas, seguía siendo el Otro. El que las robaría de su
auténtico Amo. Sólo cinco de ellas deseaban darle una oportunidad al Otro:
Bosque, Brillo, Libra, Flor y Viento. Todas las demás, aunque en diferentes
niveles, estaba determinadas a ayudar a los Guardianes a darle al Otro un rato
difícil.
Espejo
a veces se preguntaba si eso debía ser considerado un motín. Si el Amo Clow
realmente quería que tuvieran un nuevo amo... Pero Yue-sama era tan adamantino
al respecto... de que nadie sería lo suficientemente bueno como para reemplazar
al Amo Clow...
Esa
noche, mientras su creador las inundaba
con su aura como no lo había hecho nunca antes, al punto de perder el
equilibrio y caer de rodillas, necesitando la ayuda de los Guardianes para
volver a ponerse en pie, Espejo sintió que Yue-sama tenía razón. Quien les
había dado la vida estaba entregándose a ellos completamente, aquel a quien se
suponía debían proteger estaba sacrificando sus últimas fuerzas por ellos. No
tenía sentido.
Y
cuando terminó, había sacudido vehemente la cabeza dirigiéndose a los
preocupados Guardianes que estaba tratando de llevarlo a su cama. En cambio,
había tomado la baraja completa en sus manos, tocando a cada una de ellas
separadamente, murmurando palabras calmantes a cada Carta mientras se despedía
de ellas.
Para
Espejo, había dicho “Siempre serás mucho
más hermosa que cualquiera a quien llegues a copiar”.
Amo
Clow...
Entonces
había puesto la baraja dentro del Libro, cuidadosa, reverentemente... y Espejo
sentía más y más que eso no podía ser real. Ella y la mayoría de las Cartas
estaban todavía esperando que la próxima vez que fueran convocadas fuera, todo
seguiría siendo igual y el Amo Clow estaría ahí para sonreírles de nuevo.
Pero
no fueron convocadas otra vez. No por un largo, largo tiempo. Y a pesar de que
el mundo interior todavía respiraba y que aún podían hablar entre ellas y
también a los Guardianes sellados en la cubierta del Libro, el Amo se había
ido. Su energía estaba ahí para alimentarlas, pero vacía de su cálida
presencia, de su alegría, de su amor. Y sin él, pronto descubrieron que había
muy poco de qué hablar.
La
aparición de la Otra cambió todo, por supuesto, especialmente cuando se las
arregló para vencer toda la predisposición que había en su contra, incluso la
de Yue-sama (discutiblemente, quizá), y se convirtió en la nueva Ama, amada y
respetada, como había pretendido el Amo Clow. Repentinamente había mucho de qué
hablar, de que alegrarse, de que preocuparse, de que chismorrear. La conmoción
dentro del Libro era tan grande que no raramente el tomo caía del escritorio
del Ama, aparentemente haciendo mucho ruido en el exterior y ganándoles una
reprimenda de un enojado Kerberus-sama.
Pero
el día en que Fuego había regresado con la nueva apariencia y jurando por el
Sello del Libro que había sentido el aura del Amo Clow en el exterior... ¡no
sólo la había sentido, sino que había sido enviada por la nueva Ama para luchar
contra su magia!... Fue entonces cuando la verdadera barahúnda estalló.
Espejo
no sabía qué pensar de esas historias... después de Fuego, fue Canción la que
tuvo que vérselas con un piano lleno con la energía del Amo Clow arrojado hacia
ella. Espada había cortado una red de cuerdas invisibles (definitivamente uno
de los viejos trucos del Amo) y la oreja de un oso de peluche gigante con el
monograma del Amo bordado en ella; bueno, Vuelo había estado ahí también, pero
no les dijo nada, como de costumbre... Entonces Borrar apareció balbuceando
sobre cómo había salvado al Ama de ahogarse en un pozo de ovejas de trapo... Y
el momento más atemorizante, cuando Movimiento se salió de control y huyó en
pánico hacia la cálida y familiar presencia de su creador... ¡y terminó
fundiéndose con la bicicleta del hermano del Ama!
Al
principio Espejo se preguntó si las Cartas regidas por el Sol estarían jugando
alguna elaborada broma a sus hermanas. Sin embargo, no se detuvo ahí. Salto,
Infinito, Grande, Pequeño, Dormir, Flotar, Escudo, Sombra, Hielo... Seis de las
cuales eran regidas por la Luna y habían narrado aventuras similares. No podía
ser que TODAS estuvieran inventando esas historias.
Y
la noche anterior había sido finalmente el turno de Espejo. Obedeciendo la llamada
del Ama Sakura, había cruzado al mundo exterior, la magia con aroma de cereza
reemplazando en ella los restos moribundos de la energía desvanecida del Amo...
mientras la presencia de él flotaba en alguna parte en la distancia, tan real y
cálida para el corazón como en sus preciosos recuerdos. Él estaba ahí, tenía
que ser, ella no podía confundirse al respecto.
Pero
ahora el aura que respiraba, de la que se alimentaba, en la que vivía... era la
de la Otra.
Tan
confuso.
_¡Sakura!
Espejo
casi cayó sentada, tan sorprendida estaba por el repentino saludo. Perdida en
sus pensamientos, prácticamente se había olvidado que...
Oh,
cielos. Oniichan estaba ahí.
(Revisado por última vez el 24/08/2018)
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