Las clases
comenzaban en el instituto Seijo, los chicos y chicas se reunían en sus aulas
para conversar e iniciar las jornadas de clases. En una de ellas, sentada junto
a la ventana, se encontraba la joven de cabellos castaños. Era la misma joven
que la noche anterior fue atacada por un vampiro, y fuese rescatada por otro,
aún más misterioso. Sus pensamientos no se encontraban allí en la sala de
clases, sólo tenía la mirada fija en aquella rosa roja que dejó su salvador.
_ Kinomoto…
“¿Quién
es él? ¿Qué era él?” Muchas preguntas giraban por su
mente. Sólo de una cosa estaba segura en ese momento: lo que vivió fue lo más
increíble que jamás experimentó.
_ Kinomoto…
No podía sacar de su
mente esos ojos color chocolate, los que antes eran rojos y le causaban tanto
temor, pero ahora le causaban un sentimiento cálido. No sabía qué era, pero
jamás los olvidaría.
_ ¡KINOMOTO!
Aquel grito logró
hacer volver a la niña a la realidad, que sobresaltada observaba cómo todos sus
compañeros la miraban, unos con burla, otros con desaprobación y algunos con
sorpresa. En frente de ella su profesor, quien se llamaba Yoshiyuki Terada, la
miraba severamente.
_Kinomoto, la he
estado llamando para que venga al frente y resuelva esta ecuación. ¿Qué es lo
que pretende?
_Hoe…lo siento…profesor…_dijo
la muchacha completamente avergonzada_ Este…es que anoche no pude dormir bien.
_Creo que debería
meditar la importancia de descansar, señorita, afuera del salón…_dictó el
maestro con firmeza.
_Sí, profesor…
La niña caminó
lentamente afuera del aula, ante la mirada de sus compañeros. Siempre había
sido algo desatenta en clase, no por ser rebelde sino que le interesaban más la
música y los deportes, donde ella era experta en gimnasia artística. Sakura
Kinomoto a sus 15 años era miembro del equipo escolar del instituto, y ya era
la orgullosa poseedora de varios premios. Pero si alguien pensara que ella era engreída
por ello, estaría completamente equivocado ya que Sakura era la niña más
inocente y gentil de toda la escuela.
Aun así, y gracias a
que ella se distraía con gran facilidad, la señorita se ganaba algún castigo,
como en aquel momento que se encontraba parada al lado de la puerta de su
salón. Suspiraba al pensar que su madre recibiría otra nota de atención, la
chica trataba de poner todo de su parte para evitarlo, pero recibía al menos
una de esas por semana.
Entonces allí lo vio:
a través del cristal del pasillo, lo observó caminar hacia donde ella estaba. Era
él, su joven salvador, su gallardo caballero pero… ¿acaso no era un vampiro?
¡Si los vampiros no pueden salir al sol Sin embargo, allí estaba él. No podía equivocarse,
ya que eran los mismos ojos de chocolate que tanto admiraba.
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