Shaoran se
encontraba meditando en su apartamento; se preparaba para el encuentro que
tantos años había esperado, pero se sentía preocupado por su pequeña discípula.
Después de su conversación en el laboratorio del instituto no la había vuelto a
ver. Sabía que Sakura había quedado conmocionada con la noticia de que ya no
sería más su alumna, pero jamás se imaginó que la chica de ojos verdes se
hubiese enamorado de él. Por más que quisiera. No había lugar para el amor.
Pero, si no tenía
tiempo para el amor, ¿por qué aceptó ser su maestro? Y algo más importante,
¿por qué convirtió a Sakura en vampiro si era lo que más odiaba? No lograba
entenderlo.
Tampoco entendía por
qué cada vez que veía a su alumna a los ojos la imagen de su fallecida esposa
aparecía delante de él. No podía negar el increíble parecido entre Ying Fa y
Sakura, pero siempre lo negaba diciéndose a sí mismo que todo era una
coincidencia, olvidándose de que Eriol, su maestro, siempre le decía que “no existen las coincidencias, sólo lo
inevitable”
El joven
suspiró para volver a su meditación;
debía estar lo más preparado posible si deseaba acabar con la asesina de su
esposa.
Mientras, en otro
lado de la ciudad, la pequeña Sakura lloraba dentro de su cuarto. Llegó
temprano, saliendo del instituto casi corriendo y con el corazón roto. Lloraba
por Shaoran, por su rechazo, porque a
partir de ese día jamás volvería a verlo.
_Hija…_dijo su mamá
tocando fuerte a la puerta_ ¿Te encuentras bien?
_ ¡Déjame sola!_
gritó Sakura, aún llorando_ ¡Vete mamá!
_Hija, por favor, me
preocupa que estés así. Déjame ayudarte…
_ ¡No, mamá! ¡Déjame
sola!
La madre de la
muchacha se alejó lentamente de la puerta de la habitación de su hija. Lo hacía
muy preocupada, ya que era la primera vez que Sakura se mostraba tan triste y
desconsolada. Mientras la joven Kinomoto continuaba llorando por su profesor y
abrazaba una almohada se quedó dormida.
La noche se acercaba
rápidamente y Shaoran se encontraba sobre la azotea de aquel edificio donde se
ubicaba su departamento. Observaba el
atardecer por primera vez en su vida, y realmente lo disfrutaba. Quizás porque
nunca le dio importancia hasta ese día, el cual, quizás, sería el último de su
vida inmortal.
En sus manos
sostenía dos pequeños envases que contenían aquella poción roja que le permitía
sobrevivir a la luz del sol. Había trabajado en ellas para que pudieran ser
bebidas y sólo existían tres dosis: una sería para él, la cual bebió mientras
el sol desaparecía, dejando su lugar a la luna; otra estaba destinada a su
maestro, ya que seguramente Eriol no habría tomado su dosis por haber estado
tanto tiempo encerrado. Pero existía una tercera dosis, la que se encontraba en
el dojo de su apartamento. Esa dosis
estaba destinada para su, ahora, ex-alumna: Sakura. Al lado del frasco había
dejado una nota, detallando sus razones para dejarla libre y disculpándose por
haberle dado falsas esperanza.
La noche ya había
llegado a la ciudad de Tomoeda y el Ángel Nocturno sentía que la hora de la
verdad había llegado. Cubierto con su capa negra y la espada en sus manos, dio
un salto que parecía llegar hasta el cielo e inició su camino hacia su
objetivo: la malvada Lilith.
El
sonido de dos espadas chocando en el aire como el rugido de un trueno en una
fuerte tormenta. Dos figuras batiéndose en duelo ante la mirada siniestra de
una mujer de largos cabellos oscuros, la cual disfrutaba tan feroz encuentro. De
pronto un gran estruendo: una espada, partida en dos, voló por los aires. Una joven
de cabellos castaños yacía en el suelo. Su rival, sonriendo triunfante, separó
la cabeza del guerrero caído con un rápido movimiento de la espada, convirtiéndose
en cenizas antes de que tocara el suelo.
Sakura despertó
violentamente de sus sueños. Aquella pesadilla
la sintió demasiado real: estaba segura de que aquel joven caído en batalla no
era otro más que Shaoran. Era una visión, y no hacía algo esa terrible
pesadilla podría hacerse realidad.
Rápidamente la
angustiada chica bajó de un salto las escaleras y se dirigió hacia la puerta
principal pero una fuerte voz masculina la detuvo en seco.
_ ¡Sakura! ¿A dónde
crees que vas a esta hora?_ gritó su hermano Touya fuertemente.
La muchacha de ojos
verdes le dio la espalda, su mano sostenía el picaporte de la puerta. Su
hermano se acercó a ella con una expresión seria en su rostro.
_ ¡Sakura,
respóndeme!_ exclamó el joven_ ¿A dónde vas a estas horas?
_Tengo…algo urgente
que hacer_ respondió la chica sin mirarlo.
_De aquí no te vas
hasta que me des una buena explicación_ reclamó Touya.
_No puedo decírtelo,
no lo entenderías._ dijo Sakura, en un tono triste.
_¡No, Sakura!_
exclamó el muchacho, sujetándole el hombro_ ¡De aquí no te vas hasta que me des
una explicación!
_Suéltame…
_ ¡Sakura, responde!
_¡Suéltame!_ gritó
la chica, volteando su rostro para mirarlo fijamente con sus ojos rojos.
Touya rápidamente
soltó el hombro de su hermana debido a la impresión de ver esos ojos que no
eran los de ella, ojos que permanecieron ahí sólo por un segundo. Entonces comprendió
que Sakura estaba decidida y que nada le haría cambiar su decisión. Dejó que abriera la puerta y, a dos pasos de
su hogar, su hermana le dijo unas palabras salidas del corazón:
_Touya, la persona
que más quiero está en dificultades y debo estar a su lado_ explicó la chica_ No
te preocupes, no me voy a fugar de casa, pero tampoco soy ya tu pequeña
hermanita. Puedo cuidarme sola.
_Sakura…
_Te quiero, hermano_
dijo la muchacha antes de correr por la calle.
Touya intentó
seguirla pero su hermana ya había desaparecido en las sombras de la noche. Entonces,
un solitario pensamiento se cruzó en la mente del joven: “Cuídate, Sakura”
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