El sol emergía desde
las montañas, anunciando un nuevo día. La dulce Sakura despertaba de su sueño
apaciblemente, sin darse cuenta de que había pasado la noche en un cuarto que
no era el suyo. Sólo pocos segundos después reaccionó y rápidamente fue a
buscar a su maestro, quien estaba entrenando en el jardín.
Éste, ajeno a la
tierna mirada de su alumna, continuó con sus movimientos que, a la luz de la
mañana, parecían más una delicada danza. Sólo cuando dio por terminado su
entrenamiento se percató de la presencia de Sakura.
_Buenos días,
Kinomoto, por fin has despertado_ dijo el vampiro mientras guardaba su espada
en su funda.
_Buenos días
Shaoran. Dime, ¿cuándo me quedé dormida?
_Mientras
meditábamos.
_ ¡Qué…pena!_ murmuro
la chica, avergonzada.
Lentamente Shaoran
se acercó a su pupila y le pidió que se preparara ya que volverían a Tomoeda. Pero
la preocupación de la chica de ojos verdes era evidente: su maestro se sentía
mal por lo ocurrido por su mentor y desgraciadamente no podía hacer nada al
respecto.
El día transcurrió
dando paso a la noche, y en aquella mansión a las afueras de la ciudad, donde la
malvada Lilith se adentraba en lo más profundo de su hogar. Siempre acompañada
por su protegida Tomoyo, la diabólica vampiro se dirigió hacia donde su
invitado especial se alojaba. Detrás de lo que se asemejaba a un calabozo
estaba Eriol, quien era vigilado día y noche por uno de los secuaces de la
vampiresa.
_Saludos, maestro
Hiragizawa_ decía la siniestra mujer al momento de entrar en la celda_ Espero
que esté cómodo.
La ironía en las
palabras de Lilith era más que evidente: su “invitado” se encontraba encadenado.
_Siempre es un
placer visitarte, Lilith, pero déjame decirte que hay mucha humedad aquí, ¡me
puedo enfermar!_ Eriol le respondió con la misma ironía.
_Me alegra que aún
conserves el buen humor.
_Ya sabe lo que
dicen: “Al mal tiempo, buena cara”
_Usted sabe
perfectamente la razón de que aún esté vivo_ afirmó la vampiresa con seriedad.
_ ¿Después de todos
estos años todavía conservas esa obsesión por Shaoran?
_ ¿Aún no lo
entiendes? Shaoran y yo estamos unidos por el destino.
La respuesta de la
malvada Lilith afectó de gran manera a su protegida pero Tomoyo sabía
perfectamente que el joven Li era la
asignatura pendiente de su ama, el único ser que escapó de sus manos. Por eso
lo odiaba.
_Mi pequeño lobo
debe ser domesticado_ afirmó la siniestra mujer arrogantemente.
_Estás en un error.
En verdad Shaoran es como un lobo: un lobo solitario que jamás podrá ser
domesticado.
_Un lobo es sólo un
perro al cual se le puede domesticar y enseñar trucos nuevos.
_Un lobo no puede
ser jamás un perro, ya que su alma es salvaje e indomable.
_ ¡Ya basta! Me
estás aburriendo con tu filosofía barata_ dijo la vampiresa furiosa_ Cuando mi
pequeño lobo esté a mi lado te tragarás tus palabras. ¡Vámonos, Tomoyo!
Y así, visiblemente
molesta, Lilith se retiraba de aquel oscuro lugar seguida de su protegida,
quien empezaba a sentir celos de Shaoran. Celos y soledad: sentimientos que
llevaron a la dulce amatista a salir a la ciudad en busca de la única alma que
podía hacerle olvidar toda esa tristeza.
Mientras, en el
interior de su habitación Sakura estaba recostada sobre su cama. No lograba
conciliar el sueño y, sinceramente, no quería tampoco hacerlo. Sus pensamientos
rondaban a una sola persona: Shaoran.
Desde que ambos regresaron
de las montañas aquel frío muro de hielo que cubría el corazón de su maestro
parecía hacerse cada vez más duro. Temía más que nunca perderlo. Que, sin que
él se lo dijera, Shaoran, quien era su guía y su luz, se enfrentase a quien se
llevó a Eriol, aunque con ello perdiera la vida.
De eso estaba
segura: lo estaba perdiendo.
¿Vivir sin él?
Simplemente no podía. ¿Cómo seguir sin aquella persona que se convirtió en el
centro de su universo? Pero Sakura no tenía esperanzas en que Shaoran también
comenzara a sentir algo por ella, aunque fuera sólo un poquito. Realmente se
sentía impotente y muy sola. De pronto volvió a sentir la presencia de un
vampiro y no era uno cualquiera: era la presencia de Tomoyo. Sin pensarlo dos
veces la chica de ojos de jade rápidamente salió por la ventana de su habitación
en busca de la joven amatista.
A su vez, la joven
Daidouji recorría las calles del barrio de la muchacha castaña: quería
encontrarla antes de que su ama se diera cuenta de que había escapado. Lo tenía
decidido: esa noche le regalaría a
Sakura el don de la vida eterna y así tendría su dulce compañía para toda la
eternidad.
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