sábado, 14 de septiembre de 2019

Prólogo


Cada día, cada mañana…ella se ponía enfrente de la ventana, con una taza de café en las manos, aún con el pijama para dormir y los cabellos enredados. Lo hacía con el propósito más secreto, único e inocente que pudiera existir en el planeta: mirarlo.
Sólo eso.
Mirarlo y nada más.
No hablarle, no sonreírle, no acercarse.
Sólo mirarlo.
Observar su cabello café chocolate, su mirada profunda y misteriosa, su piel morena;  notar la manera tan grácil y varonil que tenía al moverse, deleitarse con esa sonrisa de niño pequeño que sólo  le mandaba a las flores que cultivaba.
Todo era como un sueño para ella. un sueño inalcanzable, como añorar tocar el cielo; algo imposible.
Ella podía decir que lo conocía casi a la perfección con sólo mirarlo. Podía adivinar cómo se sentía por la forma en la que tocaba la tierra y acariciaba aquel roble que separaba ambas casas.
Mirar y percibir cada una de sus manías, frustraciones y alegrías.
Para ella, eso era más que suficiente.
¿Hacía cuánto que hacía eso? Fácilmente podía contar cinco años.
Cinco años mirándolo a través de la ventana de su sala, sin él saberlo, podar y arreglar el jardín todas las mañanas, al lado de su perro labrador.
Al principio ella misma se convenció de que era sólo curiosidad, pero al pasar los meses, se dio cuenta de que podría ser todo menos eso. Aceptaba el hecho de ser curiosa pero…eso era algo más que eso.
Ella lo sabía.
Era una obsesión. Una extraña obsesión que le causaba tener mariposas en el estómago y un sonrojo en el rostro.
Una paradójica y rara obsesión hacia su vecino: Shaoran Li.

                       (Revisado por última vez el 14/09/2019) 

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