Cada día, cada mañana…ella se ponía enfrente de la ventana, con
una taza de café en las manos, aún con el pijama para dormir y los cabellos
enredados. Lo hacía con el propósito más secreto, único e inocente que pudiera
existir en el planeta: mirarlo.
Sólo eso.
Mirarlo y nada más.
No hablarle, no sonreírle, no acercarse.
Sólo mirarlo.
Observar
su cabello café chocolate, su mirada profunda y misteriosa, su piel
morena; notar la manera tan grácil y
varonil que tenía al moverse, deleitarse con esa sonrisa de niño pequeño que
sólo le mandaba a las flores que
cultivaba.
Todo
era como un sueño para ella. un sueño inalcanzable, como añorar tocar el cielo;
algo imposible.
Ella
podía decir que lo conocía casi a la perfección con sólo mirarlo. Podía adivinar
cómo se sentía por la forma en la que tocaba la tierra y acariciaba aquel roble
que separaba ambas casas.
Mirar
y percibir cada una de sus manías, frustraciones y alegrías.
Para
ella, eso era más que suficiente.
¿Hacía
cuánto que hacía eso? Fácilmente podía contar cinco años.
Cinco
años mirándolo a través de la ventana de su sala, sin él saberlo, podar y
arreglar el jardín todas las mañanas, al lado de su perro labrador.
Al
principio ella misma se convenció de que era sólo curiosidad, pero al pasar los
meses, se dio cuenta de que podría ser todo menos eso. Aceptaba el hecho de ser
curiosa pero…eso era algo más que eso.
Ella
lo sabía.
Era
una obsesión. Una extraña obsesión que le causaba tener mariposas en el
estómago y un sonrojo en el rostro.
Una
paradójica y rara obsesión hacia su vecino: Shaoran Li.
(Revisado por última vez el 14/09/2019)
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