Apagó
el televisor mientras una sonrisa amarga se formaba en su cara.
_Mierda.
Vendrá pronto._ murmuró.
Dejó
el control en la mesita de la oficina, luego de comenzar a dar vueltas sobre sí
misma aun sentada en la silla, con las piernas cruzadas y alisándose las
arrugas de la falda plomo que llevaba puesta.
Su
compañero la veía girar con la boca cerrada y las manos entrelazadas encima del
bulto de papeles del escritorio; conteniendo alguna queja. Cuando se dio cuenta
de que había parado, dejó salir un suspiro y se rascó la cabeza con las uñas.
_No
nos va a ir bien, Sakura.
_Lo
sé, lo sé_ contestó, moviendo la mano, con falso gesto indiferente_ No hagas ni
digas nada, yo lo manejaré. Sé engatusarlo, lo conozco, desde hace año-
Sakura
calló de repente, y la pequeña oficina se sumió en silencio por unos leves
instantes. Pasos. ¡Alguien se
acercaba!
_¿Has
dicho algo, pequeña Sakura?_ habló alguien desde el marco de la puerta, que
repentinamente se abrió con brusquedad.
_¡Se-eñor
Eriol!_ chilló Yukito Tsukishiro, levantándose como si le hubiese caído un rayo
de un escritorio. Su cabello grisáceo se movió rebeldemente, y se posicionó
encima de sus lentes redondos_ ¡Sakura!_ agregó segundos después, al ver la
silla caer de picada al piso junto con ella. Se sonrojó al ver las pantaletas
rojo pasión que ella llevaba y dejaba a la vista con aquella corta y bonita
falda_ S-Sakura, levántate, se te ve la ropa interior.
Eriol
Hiraguizawa carraspeó luego de enviarles una mirada seria y acusadora después
de subir sus lentes de sol ray-ban por la curva de su nariz delicadamente con
su dedo índice y lanzó un chiflido.
Sus
ojos azul zafiro brillaban de diversión y burla mientras que en sus labios se
notaba claramente que intentaba disimular una gran carcajada. Sakura se levantó
del suelo sobándose la espalda.
_¿No
me esperabas?_ preguntó Eriol_ Yo digo que no. Parece que te asusté, cielo.
Sakura
soltó un gruñido imitando a su perro antes de volver a su asiento, enviándole
miradas de odio profundo. Cruzó de nuevo sus piernas con aspereza.
_Te
esperaba, pero no tan pronto. Y estás en lo cierto. Me asustaste_ admitió con
un suspiro derrotado_ Así que ya se han enterado. Las noticias vuelan_ dijo al ver
una cabeza asomarse por la puerta entreabierta_ Sal ya, Tomoyo. Quiero oírlo de
ti.
Tomoyo
salió de detrás de la espalda de Eriol, cargando con una pequeña libreta
apretada al pecho. Del bolsillo de su saco negro sacó un pequeño par de lentes
y se los colocó con cuidado en la curva de su nariz, mientras hacia su pelo
hacia atrás.
_Aclaro
que yo no hice nada. ACLARO ¿oíste?
_Oye_
replicó Eriol, mirándola a través de su lentes de sol_ Tomoyo, empieza, por favor.
_Es
claro que esto es un foto montaje_ apuntó. Sakura asintió y la miró con una
mirada cansada, antes de recibir un pequeño fólder. Eriol fue a sentarse a su
lado, sobándose las sienes y comenzó a mirar por encima su hombro_ no sólo
porque tú nunca te tomarías fotografías desnuda.
_Eso
lo he…
_Eso
lo has dicho miles de veces en los medios_ la interrumpió Tomoyo, asintiendo_
Esto pasará rápido, y no más aparezca el imbécil que hizo esto, el cual será
demandado por publicar sin permiso alguna foto tuya en la revista, además de
hacerlo de manera degradante; nadie lo recordará y tu imagen se verá tan bien
como siempre.
_¿Y?
_En
unos días saldrás por televisión, en el programa Tokio TV, a aclarar todo
formalmente_ dijo Eriol después.
_Y
eso es todo_ terminó Tomoyo.
_Esto
es peor que cuando me tomaron fotos limpiando mi auto e hicieron comentarios
eeeks sobre mi ropa_ exclamó Sakura, mortificada_ Debí haberme quedado de
gerente en Mcdonalds a los dieciséis. Pero
no, decidí buscar más oportunidades y elegí ser modelo. Vaya mierda, ahora que
me doy cuenta, Touya tenía razón. La farándula es un asco_ dijo antes de tirar
las fotos dentro del fólder y aventar el mismo contra el escritorio.
Eriol
la miró confundido, al igual que Yukito.
_No
pareces feliz con la explicación de Tomoyo.
_¿Desde
cuándo maldices tanto?
_Y
no lo estoy; y no es que tenga algo de malo, de hecho está perfecta_ replicó
ante la mirada preocupada de Tomoyo_ Si no porque estoy indignada y maldigo
porque estoy enojada. Enojadísima, Yuki. Pusieron mi cabeza en ese cuerpo de
estrella porno con enormes senos. Al menos se hubieran molestado en ponerme un
cuerpo decente, hombre. ¡Esa es una morena artificial! ¡Y ni siquiera tenía
afeitado el vello púbico! ¡Ese estúpido o estúpida merece pena mortal o cien
años de cárcel! ¡Es tan humillante! Y a ver, explícame por qué estás tan
calmado. ¿Cómo estarías tú, eh?
_¿Con
o sin ropa? ¿Senos o no senos?_ inquirió Eriol con una mirada lasciva_ No,
espera. ¿Tan grandes como los de Tomoyo o tan pequeños como los tuyos?
_Maldita
sea, ponte en mis zapatos por una vez Eriol.
Eres el dueño de la agencia y yo tu mayor descubrimiento según todo el
mundo y el dinero que has ganado este año y el pasado. Enfócate, imbécil_ gimió
cubriéndose el rostro con las dos manos_ No es tiempo de bromear.
_Sakura
está en lo cierto_ la apoyó Yukito.
_Bien_
suspiró Eriol un poco más serio_ Por ahora,
ve a casa y no salgas. Renta películas, pasa tiempo de caridad con tu
gato. Haz algo, no sé. Pero no salgas. Desmuéstrale
a Japón que estás afectada por lo que está pasando.
_Te
faltó lo de indignada.
_Sí,
sí, eso también_ le contestó él con los ojos en blanco_ Yukito, llévala a la
puerta. No vayas a caer Sakura, que esa
ropa interior lo único que hará será traer más escándalo. Y créeme, no necesito
más.
***
Cuando
subió al auto encendió la radio. Comenzó a tararear lo primero que escuchó y se
dirigió lo más rápido que pudo a la salida del estacionamiento rumbo a su casa.
Por su rostro y el número que marcaba el velocímetro, se podía notar que estaba
furiosa. O eso pensó la mujer de la entrada rápida del café después de darle su
capuchino descafeinado y casi quedarse ciega cuando Sakura le aventó las
monedas y salió disparada.
_Qué
mal servicio_ dijo al encontrarse el vaso sin tapadera.
Ella
era una modelo de ropa. Aparecía en
comerciales de Channel, viajaba a Estados Unidos en un jet privado, usaba
prendas de diseñadores ejemplares y actuaba en dramas una que otra vez al año. En
traje de baño, ropa interior; pero siempre con ropa y jamás desnuda. Ella era
una modelo, tenía pechos pequeños, y aunque no estaba esquelética como la mayoría
de sus compañeras, su figura era perfecta y completamente saludable. Ella no podía
ser la modelo perfecta pero tampoco podía ser una modelo con tendencias de
estrella porno. No sólo por tener el pelo castaño y no rubio, si no porque
odiaba ese tipo de cosas.
Le
retorcía los sesos esa maldita imagen. Estaba segura que, si encontraba al
autor de semejante estupidez, lo ahorcaría nada más lo reconociera. No le
importaba el riesgo de ir a la cárcel, simplemente quería vengarse para salvar
su orgullo. Tampoco la pedicura. Le importaba nada más el qué dirían sus padres
al verle en semejante escándalo. Estaba segura de que se morirían, aún más su
padre, que había sido un ángel del cielo y más inocente que un niño.
Piso
el freno con fuerza cuando se encontró enfrente de un semáforo que ponía rojo y
dio un trago a su vaso caliente. Sus padres ya habían muerto hace unos años,
pero sin embargo, aún le importaban e incluso puede que más que antes. Era literalmente
una huérfana. Un modelo huérfana, antes con un hermano tutor y con el sueño de
ser hermosa y talentosa como su madre.
Conforme
su carrera como modelo crecía, ella sentía que su vida se acababa. No había
privacidad, mucho menos tiempo. Los fans, las revistas, las pasarelas y lo
demás lo abarcaban todo. Para ella las vacaciones eran los fines de semana, y
sólo si acaso porque estaba enferma o Eriol se compadecía al ver su cara de
perrito degollado. Y ella no lo culpaba,
era su trabajo y aunque eran amigos de la infancia, el deber estaba siempre
antes que la amistad. Por lo menos la mayoría de las veces.
Había
estudiado diseño de modas. Ella siempre había soñado con estar detrás de la
pasarela, no en la pasarela. Sin embargo,
años después de entrar a la universidad de París junto con su prima Tomoyo
Daidouji, ahora secretaria y asistente personal de Eriol, además de diseñadora
de la agencia; se encontró usando vestidos y modelándose en comerciales para
ganar un poco de dinero como también en
los trabajos escolares. Luego llegó lo que nunca esperó: una oferta de trabajo
en una pequeña agencia de modelos. Después de aparecer en la primera portada de
la revista Doodle, no supo cómo, pero
ella ya era literalmente una modelo japonesa altamente reconocida.
Recordaba
las palabras del fotógrafo: ojos verdes y
morena. ¡De japonesa no tienes nada, querida! ¡Eres una belleza exótica y sin
ofender, pero desperdicias tu vida tapándote el rostro con esos patosos lentes!
Nunca
había sido muy inteligente y era mala cosiendo, cortando patrones y metiendo el
hilo en le pequeño agujero de la aguja y aunque le gustaba la moda, siempre
había sabido que no llegaría a mucho. En ese momento supo, cuando le mostraron
aquel papel para firmar, que esa oportunidad era única en la vida, que tenía
que hacerlo. Y lo hizo. Firmó. No han pasado más de cinco años desde eso.
Y
si bien había vivido como cualquiera quería vivir, ella no era feliz.
Podría
ser guapa, tener un buen trabajo y a casi todos los hombres del mundo en el
suelo pidiéndole un simple beso; pero ella, Sakura Kinomoto, no era feliz.
Hacía
mucho tiempo que había dejado de serlo.
Y
aquel fotomontaje no era una de las tres razones. Esa razón estaba entre las
doscientas setenta y algo.
***
_¿Qué
tiene de importante el hecho de que cocoa
y coco tengan las mismas cuatro
letras y no se parezcan en nada? No, estúpido, deja de bromear. Ya te lo dije. No
me importa. Sí, sí, el coco es blanco por dentro. ¿La cocoa? ¡¿Qué mierda me
importa la cocoa?! Argh. Mejor cállate si no quieres que salga de mi casa en
este mismo instante a cortarte el pescuezo con mis propias manos. Como te
decía, estábamos hablando de-
_¡Pero
la cocoa!
_¡Cheng,
deja la cocoa y el coco en paz, por dios! ¡Estamos planeando una reunión de
abogados, pedazo de mierda que respira! ¡CONCÉNTRATE! ¡Sé serio por una vez en
tu vida, maldición!
Suspiró
con exasperación, luego de apretar los dientes y rechinar y colgar el teléfono.
Oyó la voz de su secretario, Fu Cheng, cortarse en un jadeo ahogado. Hacía ya
más de media hora que estaba pegado al aparato y la conversación no había
pasado del tema que, según su opinión, era el más absurdo y estúpido del mundo:
las diferencias y parecidos entre las cocoa y el coco.
Y
excéntrico, también.
_Si
no llama más tarde, lo despido_ dijo después de quitarse su corbata roja_
Inútil, mira que hacerme trabajar más…_ suspiró mientras se echaba encima del
sillón y encendía el televisor.
Tenía
veintisiete años. Era abogado, y en sus tiempos libres cuidaba su jardín. Tan normal
como una mosca merodeando por el basura, se parecía a cualquier hombre de su
edad.
O
quizás no.
Shaoran
frunció el ceño.
_Estúpidos
programas educativos. ¡Violencia, joder, quiero v-i-o-l-e-n-c-i-a! Quiero
imaginarme a Cheng y su estúpida sonrisa repletos de sangre y tan muertos como
lo estará Bush luego de que el maldito zapato le dé donde debe.
Igual
que los demás, sólo que con tres mil tanques de estrés más.
Un empresario
importante.
(que siempre estaba
furioso, que nunca podría caerle bien a nadie y que tenía todo excepto esposa,
novia, o algo parecido)
El
heredero del clan más importante de China: Shaoran Li.
(y
la obsesión de su vecina, aunque él no lo supiera y ni siquiera recordara su
cara)
El
hombre con el que menos convenía estar. Porque por más guapo y rico que fuera,
no dejaba de ser inestable.
(Revisado por última vez el 14/09/2019)
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