Cuando nacemos, nuestros padres desean un sinfín de cosas para
nosotros. Sueñan con millones de maravillas que viviremos a lo largo de
nuestras vidas. Esperan ser lo bastante fuertes como para protegernos de todo
el mal que nos rodeará a lo largo de nuestra vida, ya que lamentablemente saben
que no siempre lo lograrán.
Al crecer, nos creemos lo suficientemente buenos como para no
seguir dependiendo de nuestros padres. Somos demasiado buenos para cometer
alguna falta o ser dañados por otras personas.
Siempre sabemos, dentro de nuestra ignorancia, qué es lo que necesitamos
o qué es lo que nos conviene como para seguir haciendo casos de sus consejos.
Cuando maduramos y conseguimos una pareja, aquella persona que nos
entiende y nos ayuda a recorrer el camino que es la vida, nos sentimos
eufóricos, dejamos esa soledad que nos envuelve desde el momento en el que
pisamos este mundo.
Sabemos que hagamos lo que hagamos, digamos lo que digamos,
siempre podremos contar con alguien que nos apoye y ayude, que nos dé ánimos
cuando el resto nos desprecia y nos juzga sin compasión.
Somos felices.
Pero como todo en la vida, nada es para siempre. En los momentos
en los que por distintos motivos nos separamos, seguimos deseando que esa
persona, la persona que una vez amamos o seguimos amando, sea feliz. Que encuentre aquello que nosotros no pudimos
darle. Cruzando por la calle, verlo a lo lejos y saber con una sola mirada que
es feliz, que por fin encontró aquello que le faltaba y lo hace completo.
En esos momentos deja de importarnos nuestro dolor y soledad,
vemos más allá de ellos y distinguimos un pedazo de paraíso, prohibido para
nosotros, pero paraíso a fin de cuentas. Es entonces cuando nos levantamos del
agujero y seguimos adelante, convencidos de que en algún lugar encontraremos
nuestro propio paraíso.
¿Pero qué hacer cuando esa persona tan importante para nosotros
abandona la vida? ¿Cómo nos recuperamos de algo así? ¿Cómo seguir con nuestras
vidas cuando algo tan importante desaparece para siempre?
Es entonces cuando somos nosotros mismos los que ilusamente
deseamos seguir teniendo a nuestros padres al lado, que nos sigan protegiendo
como cuando éramos pequeños, que nos sigan diciendo las maravillas que esperan
para nosotros y sobretodo, que nos sigan manteniendo lejos del dolor, pues en
el fondo jamás dejamos de ser unos niños desamparados entre un mar de
tiburones.
Miedo, dolor, angustia, traición…son tantas las cosas que nos
embargan en esos momentos, que egoístamente desearíamos no tener sentimientos,
ya que es por ellos por los que sufrimos.
Esto y más son cosas que se nos pasan a nosotros, los adultos, por
la cabeza. Pero es lo que ocurre si siendo niño esa pérdida es la de uno de los
pilares de nuestra vida. ¿Cómo lo superan o aceptan ellos este hecho?
¿Cómo entender, que esa persona que tiene que soñar con lo que
harás, ilusionarse con los logros que desempeñarás, y protegerte de todo dolor
es la que te deja y más sufrimiento te genera?
Sé que ahora mismo lo has de estar pasando mal, me odiarás por el
dolor que os estoy causando, pero piensa en lo último que te he dicho. Sé capaz
de dejar tu dolor y frustración a un lado y hazte cargo de él. Tienes que ser capaz de hacerle sentir que
aunque yo falte, seguirá teniendo todas las cosas que alguien de su edad tiene.
Puede sonarte arrogante pero sé que eres capaz de hacerlo, de lo
contrario jamás hubiera dejado que esto terminara de esta manera. Si no te
creyese capaz de hacer lo que te estoy pidiendo hubiera removido cielo y tierra
para tener otro final. Jamás se me hubiera ocurrido cruzar vuestros caminos.
Apóyate en él, no le hagas sentirse un usurpador en estos
momentos. Si sabes ver las cosas en su totalidad verás que, aparte de ser un
gran apoyo para ti, también lo serás tú para él. Al igual que a ti te ama y
busca lo mejor, también haz así con él.
Piensa que tu dolor no es sólo tuyo, también lo es de las personas
que te rodean; la única diferencia es que al dolor de ellos debes sumarle el
tuyo, pues ellos además sufren por no ser capaces de evitar que pases por algo
así. Se frustran de ver cómo te vas hundiendo sin que ellos puedan o les dejes
ayudarte.
Piensa bien las cosas y no te dejes llevar pero, sobre todo, siéntete
libre de todo lo que te estés culpando. Te lo digo por última vez, tú no
tuviste nada que ver en esto, fue mi decisión, y cómo tal es mi deber aumir todas
y cada una de las consecuencias que ésta haya tenido.
Sé feliz, no sólo por mí o por ti, sé feliz por todos aquellos que
te rodean y te ayudarán a serlo.
Me siento estúpido escribiendo algo así, pero realmente necesitaba
hacerlo. Espero que puedas, al menos, ser capaz de hacer la mitad de lo que
antes he dicho.
Quédate con él, cuídalo y ámalo como yo no supe hacerlo, enséñale
todo lo que me enseñaste a mí.
(Revisado por última vez el 17/07/2018)
No hay comentarios:
Publicar un comentario