Existía algo que se
podría llamar coincidencia, o locura. El chico de cabellos castaños y una
triste mirada acudía tarde sí y tarde no
a aquel solitario parque. Le gustaba pensar y recordar tiempos más
felices, cuando su madre no había enfermado ni su padre había muerto.
Cuando podía ser un
niño y no un joven dentro del cuerpo de un pequeño. Le habían obligado a crecer
para tomar un papel demasiado grande para su corta vida. Pero no lo había despreciado,
simplemente…en ocasiones le gustaba estar solo.
Uno de esos días se
encontró con que podía existir algo que le causaba una sonrisa sincera: un
pétalo delicado y en tonos rosas había decidido atacar suavemente su nariz al
caer del cielo. Dirigió su mirada al cielo y sonrió maravillado por sentir una expresión
en su rostro que creía haber olvidado. No tardó mucho en decidirse y tomar un
poco de aquello que le había provocado tales sensaciones.
En casa su madre no
dijo nada, sus hermanas mayores lo vieron asombradas por tomar una pala y
acudir al enorme patio del lugar, dispuesto a plantar y cuidar algo que debía
ser un árbol.
Pudieron observarlo,
no sin sincera preocupación, cómo las tardes siguientes a ese día pasaba todo
el tiempo sentado en una banca cercana al lugar donde había colocado su
deseo. No creían que aquella planta
floreciera de esa forma, y menos en una tierra que no estaba dedicada a eso.
Pero ese chico estaba
firmemente convencido de que algún día, tal vez más tarde de lo que podría
desear, un árbol como aquel que le había devuelto la esperanza adornaría su jardín.
Pidió ayuda a su
tutor, consiguió cientos de cosas que pudieran ayudarle a cumplir un día su
deseo. Al paso de los meses su emoción se había quedado perdida en algún lugar
de su mente hasta que un día logró encontrarse con algo que había deseado desde
el primer momento que sus manos habían tocado la tierra: un pequeño tallo, en
un tono verde y muy delicado.
Decir que gritó de
felicidad sería demasiado, no podía por su educación pero a partir de ese día salía a leer en
espera de que en un momento pudiera recargarse bajo su sombra y ser como flores
o pétalos caían a su alrededor.
Su esperanza no fue
en vano y sí fuertemente recompensada, aquel pequeño tallo se convirtió, al
paso de los años, en un árbol grande y fuerte que lograba dominar con sus ramas
gran parte de la extensión de aquel lugar.
Todos los días,
justo después de comer, salía rumbo a su sombra preferida. Algunas veces llegó
a dormitar y de esa forma soñar con una hermosa hada. Se sonrojaba al
recordarlo cuando estaba despierto, le parecía una locura y una tortuosa
enfermedad el encontrarse enamorado de una fantasía.
Simplemente no podía
evitarlo: aquella chica que aparecía detrás de sus párpados tenía una delicada
figura y hermosa alas en su espalda, sus ojos eran dos esmeraldas que lo veían
maravillada…hasta cierto punto creía ver amor en esa mirada.
Incontables veces la
atrapó en sus brazos para aspirar aquel aroma que tenia, como a flores de
cerezo en primavera. Podía sentirla en todos lados, rodeándolo completamente y haciéndolo
feliz.
Sabía que sólo
soñaba con ella cuando se encontraba bajo su sombra, otras pocas y contadas
ocasiones cuando cargaba con él algún pétalo a su habitación. Era como si
estuviera hechizado por aquel árbol que
lo había cautivado desde la primera vez que lo vio. El uso de su razón le impedía
considerar esa idea como algo real, pero
su mente llena de fantasías lo invitaba a creerlo.
Y como sabía que a
esa hada le gustaba verlo con una sonrisa, nunca desaparecería al atardecer sin
antes dirigirle unas palabras de agradecimiento por su agradable compañía, y
levantando el rostro para sonreír sinceramente.
Los años no le
perdonaron el cumplir sus obligaciones: se vio comprometido, casado y como padre antes de lo que creía. A pesar
de eso nunca dejó de pasar sus tardes en su patio, junto a aquel árbol de
sakura, muchas veces siendo acompañado por sus hijos pequeños, quienes trepaban
hábilmente a la cima y bajaban con sus manos llenas de pétalos.
No podía evitarlo
pero era un sentimiento extraño, puesto que tenía celos de sus pequeños,
quienes parecían conocer a su deseo mejor y tocar aquellas ramas que a él le
estaban prohibidas.
Una noche soñó, como
tantas otras, pero sin necesidad de encontrarse cerca ni de tener entre sus
dedos una muestra de la existencia de aquel hermoso árbol. Pudo ver su vida
correr detrás de sus párpados con demasiada rapidez; logró distinguir sus
mejores momentos y soltó una carcajada al darse cuenta de que todos aquellos
estaban alrededor de lo que ya sabía: su cerezo.
Levantó la mirada
para ver a través de las ramas que cortaban la luz del sol, no con demasiado asombró
logró vislumbrar a aquella mujer que lo perseguía desde la niñez. Pero ella
tampoco era ya pequeña, era una mujer madura, como él. Sonrió al ver cómo parecía ser parte de
aquello que más quería, como si fuera una sola cosa. Tomo aquella delicada mano
que se extendía hasta él, arrastrándola cuidadosamente hasta depositarla justo
entre el tronco y él mismo. Tocó su mejilla y antes de pensarlo también rozó
sus labios con aquellos que parecía que toda su vida le habían hablado.
Suspiró una última
vez antes de desaparecer de su sueño y de la vida; seguiría soñando aún en la
muerte con aquella hermosa hada.
Nota de la autora
¡Hola!
Segundo y final capítulo,
la verdad es que matar a Shaoran es algo habitual para mí, pero aún así me
dolió hacerlo. Al final de todo el hada no tuvo un final feliz, sólo que ahora
sabemos que aquel humano sí la amo.
Gracias a todos los
que actuaron de beta en esta historia: blackrose18, samantha y alguno más que
no recuerdo, lo siento :,(
Dedicado a Creamy~ por
su cumpleaños
(Revisado por última vez el 13/07/2018)
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