viernes, 13 de julio de 2018

Capítulo 2: El hada de mis sueños


Existía algo que se podría llamar coincidencia, o locura. El chico de cabellos castaños y una triste mirada acudía tarde sí y tarde no  a aquel solitario parque. Le gustaba pensar y recordar tiempos más felices, cuando su madre no había enfermado ni su padre había muerto.
Cuando podía ser un niño y no un joven dentro del cuerpo de un pequeño. Le habían obligado a crecer para tomar un papel demasiado grande para su corta vida. Pero no lo había despreciado, simplemente…en ocasiones le gustaba estar solo.
Uno de esos días se encontró con que podía existir algo que le causaba una sonrisa sincera: un pétalo delicado y en tonos rosas había decidido atacar suavemente su nariz al caer del cielo. Dirigió su mirada al cielo y sonrió maravillado por sentir una expresión en su rostro que creía haber olvidado. No tardó mucho en decidirse y tomar un poco de aquello que le había provocado tales sensaciones.
En casa su madre no dijo nada, sus hermanas mayores lo vieron asombradas por tomar una pala y acudir al enorme patio del lugar, dispuesto a plantar y cuidar algo que debía ser un árbol.
Pudieron observarlo, no sin sincera preocupación, cómo las tardes siguientes a ese día pasaba todo el tiempo sentado en una banca cercana al lugar donde había colocado su deseo.  No creían que aquella planta floreciera de esa forma, y menos en una tierra que no estaba dedicada a eso.
Pero ese chico estaba firmemente convencido de que algún día, tal vez más tarde de lo que podría desear, un árbol como aquel que le había devuelto la esperanza adornaría su jardín.
Pidió ayuda a su tutor, consiguió cientos de cosas que pudieran ayudarle a cumplir un día su deseo. Al paso de los meses su emoción se había quedado perdida en algún lugar de su mente hasta que un día logró encontrarse con algo que había deseado desde el primer momento que sus manos habían tocado la tierra: un pequeño tallo, en un tono verde y muy delicado.
Decir que gritó de felicidad sería demasiado, no podía por su educación  pero a partir de ese día salía a leer en espera de que en un momento pudiera recargarse bajo su sombra y ser como flores o pétalos caían a su alrededor.
Su esperanza no fue en vano y sí fuertemente recompensada, aquel pequeño tallo se convirtió, al paso de los años, en un árbol grande y fuerte que lograba dominar con sus ramas gran parte de la extensión de aquel lugar.
Todos los días, justo después de comer, salía rumbo a su sombra preferida. Algunas veces llegó a dormitar y de esa forma soñar con una hermosa hada. Se sonrojaba al recordarlo cuando estaba despierto, le parecía una locura y una tortuosa enfermedad el encontrarse enamorado de una fantasía.
Simplemente no podía evitarlo: aquella chica que aparecía detrás de sus párpados tenía una delicada figura y hermosa alas en su espalda, sus ojos eran dos esmeraldas que lo veían maravillada…hasta cierto punto creía ver amor en esa mirada.
Incontables veces la atrapó en sus brazos para aspirar aquel aroma que tenia, como a flores de cerezo en primavera. Podía sentirla en todos lados, rodeándolo completamente y haciéndolo feliz.
Sabía que sólo soñaba con ella cuando se encontraba bajo su sombra, otras pocas y contadas ocasiones cuando cargaba con él algún pétalo a su habitación. Era como si estuviera hechizado  por aquel árbol que lo había cautivado desde la primera vez que lo vio. El uso de su razón le impedía considerar  esa idea como algo real, pero su mente llena de fantasías lo invitaba a creerlo.
Y como sabía que a esa hada le gustaba verlo con una sonrisa, nunca desaparecería al atardecer sin antes dirigirle unas palabras de agradecimiento por su agradable compañía, y levantando el rostro para sonreír sinceramente.
Los años no le perdonaron el cumplir sus obligaciones: se vio comprometido,  casado y como padre antes de lo que creía. A pesar de eso nunca dejó de pasar sus tardes en su patio, junto a aquel árbol de sakura, muchas veces siendo acompañado por sus hijos pequeños, quienes trepaban hábilmente a la cima y bajaban con sus manos llenas de pétalos.
No podía evitarlo pero era un sentimiento extraño, puesto que tenía celos de sus pequeños, quienes parecían conocer a su deseo mejor y tocar aquellas ramas que a él le estaban prohibidas.
Una noche soñó, como tantas otras, pero sin necesidad de encontrarse cerca ni de tener entre sus dedos una muestra de la existencia de aquel hermoso árbol. Pudo ver su vida correr detrás de sus párpados con demasiada rapidez; logró distinguir sus mejores momentos y soltó una carcajada al darse cuenta de que todos aquellos estaban alrededor de lo que ya sabía: su cerezo.
Levantó la mirada para ver a través de las ramas que cortaban la luz del sol, no con demasiado asombró logró vislumbrar a aquella mujer que lo perseguía desde la niñez. Pero ella tampoco era ya pequeña, era una mujer madura, como él.  Sonrió al ver cómo parecía ser parte de aquello que más quería, como si fuera una sola cosa. Tomo aquella delicada mano que se extendía hasta él, arrastrándola cuidadosamente hasta depositarla justo entre el tronco y él mismo. Tocó su mejilla y antes de pensarlo también rozó sus labios con aquellos que parecía que toda su vida le habían hablado.
Suspiró una última vez antes de desaparecer de su sueño y de la vida; seguiría soñando aún en la muerte con aquella hermosa hada.
Nota de la autora
¡Hola!
Segundo y final capítulo, la verdad es que matar a Shaoran es algo habitual para mí, pero aún así me dolió hacerlo. Al final de todo el hada no tuvo un final feliz, sólo que ahora sabemos que aquel humano sí la amo.
Gracias a todos los que actuaron de beta en esta historia: blackrose18, samantha y alguno más que no recuerdo, lo siento :,(
Dedicado a Creamy~ por su cumpleaños 


 (Revisado por última vez el 13/07/2018)

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